España es pasto de las llamas. En lo que llevamos de año, más de 400.000 hectáreas de bosques están siendo quemadas, cebándose estos incendios en Galicia, Castilla-León y Extremadura. Estos incendios no son exclusivos de nuestro país. En Europa ya son más un millón las hectáreas quemadas en 2025, una superficie equivalente a la tercera parte de Bélgica. Entre principios de enero y el 19 de agosto, los incendios forestales en 22 de los 27 países de la UE emitieron 35 megatoneladas de CO2, un nivel sin precedentes a esta altura del año. En el ámbito regional, este año hemos tenido suerte, ya que sólo han ardido una treintena de hectáreas en la Región de Murcia, en un total de 5 incendios en los municipios de Cieza, Caravaca de la Cruz, Moratalla, Ricote y Abarán, por lo que ha sido posible enviar efectivos a Extremadura para contribuir a sofocar las llamas.
Lo cierto es que 9 de cada 10 incendios tienen origen en la actividad humana. Las causas de estos incendios, según la Fiscalía General del Estado, en su Memoria Anual, son variadas, siendo la negligencia debida a las quemas agrícolas no autorizadas y para la regeneración de pastos el origen más común, con un 68% de los casos, y no una supuesta confabulación promovida por el gobierno, siguiendo la malvada Agenda 2030, para instalar campos solares, como intenta hacer creer la ultraderecha en las redes sociales.
El cambio climático y la deficiente gestión del territorio por parte de las diferentes administraciones son factores clave en el aumento exponencial de los grandes incendios en nuestro país. El incremento de las temperaturas, año tras año, junto con la escasez de lluvias, debido a la emergencia climática, es terreno abonado para que los grandes incendios, aquellos que superan las 500 hectáreas y son muy difíciles de extinguir, sean cada vez más frecuentes, como se está verificando este verano.
Está comúnmente aceptado que, para prevenir los incendios, es necesario “limpiar” los montes, y así se repite desde los medios de comunicación. La frase “los incendios se apagan en invierno” es un mantra que oímos de forma incesante. La primera idea que se nos viene a la cabeza al hablar de la “limpieza” de los montes es que el estado natural de los bosques, con un sotobosque y un matorral desarrollado, es de “suciedad”, que acarrea la pérdida de pastos y promueve el acercamiento de lobos y jabalíes, dos especies denostadas en los últimos tiempos, sobre todo en el norte del país, además de que parecería que el paisaje natural es caótico y se aleja del territorio “ordenado” y modificado por el ser humano, diseñado para extraer de él materiales y recursos.
Pero cada vez son más numerosas las voces que cuestionan este extremo. Así, en 2019, ecólogos forestales de las universidades de Würzburg (Alemania) y Granada, en una carta publicada en la revista Science, exigieron un “cambio radical” en la estrategia de gestión de los bosques, sobre todo tras un evento catastrófico como puede ser un incendio. Estos investigadores defienden que la estrategia de retirar la madera muerta no es correcta, ya que trae como consecuencia una disminución constante de la diversidad biológica y la extinción de muchos hongos e insectos que dependen de esa madera muerta.
Otros investigadores, como los del departamento de Ecologia de la Universidad de Oviedo, en un artículo aparecido en 2022, son partidarios de la renaturalización pasiva, es decir, la recuperación de los ecosistemas tras el abandono del uso humano del territorio, ya que representa una oportunidad para restaurar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos en un contexto de crisis ambiental global. La aparición del matorral tras un incendio, al contrario de lo que se quiere a menudo transmitir, es beneficioso para el desarrollo posterior de un bosque maduro, ya que el sotobosque protege a los retoños de los árboles del mordisco y el pisoteo de los herbívoros y de las inclemencias del clima. Es decir, el monte “sucio” es un estado más en la dinámica del ecosistema forestal, un indicador de su madurez.
En la Región de Murcia, la actividad humana ha ido sustituyendo en las últimas décadas los encinares naturales por bosques de pinos, de crecimiento más rápido, mediante reforestaciones, alcanzando el 92% del total masa forestal, especies que acidifican el suelo, impiden el desarrollo de un estrato de matorral y facilitan los incendios a través de la resina y las acículas secas. Los bosques de pinos de nuestra región están sufriendo, además, los efectos de la sequía, con más de un millón de ejemplares muertos este año.
Además de favorecer la biodiversidad, la existencia de matorrales en los bosques evita la erosión del suelo y la pérdida de nutrientes del suelo, aumentando la humedad del follaje y del suelo, actúa como cortafuegos natural y captura el dióxido de carbono de una manera más eficaz. El matorral constituye el alimento de multitud de especies herbívoras y permite la polinización por parte de insectos, que regeneran de forma natural el bosque.
Frente a los bosques “humanizados” y a los monocultivos industrializados para la obtención de madera, como los de eucaliptos o pinos, sin un estrato de matorral bien desarrollado, que son candidatos a favorecer los grandes incendios, la existencia de un ecosistema forestal sano y diverso, y no “sucio” como se le suele calificar, la planificación en la ordenación del territorio, evitando la urbanización en zonas potencialmente incendiables, el destino de fondos para incentivar la economía rural, el mantenimiento de plantillas suficientes de cuerpos de bomberos forestales durante todo el año o priorizar la repoblación con especies autóctonas y adaptadas al clima de la península ibérica, además de tomarse en serio la emergencia climática, son algunas de las medidas que se deberían aplicar, según los expertos, para disminuir la virulencia de los incendios forestales.
Artículo publicado hoy en eldiario.es:
https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/montes-sucios_132_12554738.html
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