domingo, 29 de noviembre de 2020

¿QUÉ TRANSICIÓN ECOLÓGICA?

Desde que en 2018 apareciera un nuevo ministerio que sustituía al de Medio Ambiente, con el nombre (algo rimbombante) de Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, al estilo del que ya existía en Francia con Macron desde un año antes, el concepto de "transición ecológica" está en boca de todos. Pero, ¿Qué significa este concepto? Se trataría de conseguir un cambio de rumbo en lo económico, desvinculándonos de los combustibles fósiles y reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero para cumplir con nuestros compromisos adquiridos en el Acuerdo de París de 2015. Este objetivo se cumpliría, entre otras medidas, mediante el aumento en la implantación y el uso de las energías renovables, el paulatino abandono de los vehículos de combustión interna y la aprobación de la Ley de Cambio Climático.

Pero, ¿Vamos por el camino correcto? El proyecto de ley español sobre Cambio Climático prevé una reducción de las emisiones en un 23% en los próximos 10 años, cuando desde la UE se calcula que, para cumplir con el Acuerdo de París de no sobrepasar en 1,5ºC la temperatura media del planeta con respecto a la era pre-industrial, esa reducción debería ser de 55%. Por tanto, la ley climática española nacería con falta de ambición y con objetivos claramente insuficientes.

Con respecto a las energías renovables, actualmente suponen el 14% del total de las fuentes energéticas en España, por detrás de los productos energéticos derivados del petróleo (45%) y el gas (21,1%); el resto de las fuentes no renovables lo constituyen la energía nuclear (21,4%) y el carbón (8,6%). Del total de las fuentes renovables, el 46% corresponde a instalaciones de energía eólica, un 16% a la fotovoltaica y el resto (38%) corresponde a otras tecnologías renovables (hidroeléctrica, biomasa, etc.). El sector energético representa algo más del 3% del PIB de España, y casi un punto porcentual de contribución, más de 10.500 millones de euros, viene a través de las energías renovables, que crecen a un ritmo anual del 10%. Cada millón de euros invertidos genera hasta 14 puestos de trabajo, y cada euro en inversión sostenible genera 2 de actividad económica.

Sin embargo, el modelo energético renovable que se aplica tiene bastantes voces críticas. Por un lado, la concentración en unas pocas manos de las instalaciones renovables, grandes empresas como Acciona, Iberdrola, Naturgy, ACS o Abengoa controlan un gran porcentaje del mercado, con la aplicación del "capitalismo verde" a las energías renovables, lejos del control democrático de un bien primordial como es la energía. Por otro lado, el modelo basado en grandes instalaciones que ocupan enormes extensiones de territorio ha sido también cuestionado. Para reemplazar una central eléctrica de gas natural de unos 1.000 MW de potencia, que ocupa una superficie de 1 km2, se requieren más de 50 km2 de terreno para instalar paneles solares, o 150 km2 para instalar turbinas eólicas para generar la misma cantidad de electricidad al año. Según diversos estudios, estas mega-instalaciones, sobre todo las que se construyen en América Latina, llevan aparejadas la adquisición irregular de tierras por parte de grandes desarrolladores, desplazamiento de poblaciones, deforestación, expropiación/privatización de tierras y contratos irrisorios por la renta de parcelas. 

En cuanto a la transformación del modelo de movilidad en nuestro país, basado actualmente en los vehículos de combustión interna, el ministerio de Transición Ecológica la fundamenta principalmente en el fomento de los coches eléctricos, al tiempo que, paradójicamente, prosigue el apoyo a la industria automovilística convencional y al AVE. El vehículo eléctrico, aunque tiene claros beneficios, como la reducción de las emisiones en un 30% (no su eliminación, ya que en la fabricación y en los procesos de carga se producen esas emisiones), su no contribución a la contaminación atmosférica y acústica en las ciudades o la menor generación de residuos, también produce efectos indeseables, como la ocupación del espacio urbano, la congestión del tráfico, la necesidad de seguir construyendo infraestructuras para los coches y, desde el punto de vista de los recursos naturales, la explotación de los elementos necesarios para la fabricación de las baterías, como el litio, el cobalto o el níquel, recursos no renovables que, para su extracción, producen impactos ambientales y sociales.

Entonces, ¿Qué tipo de transición ecológica sería deseable? Para la movilidad, el modelo que se propone desde las organizaciones y partidos ecologistas es, en las ciudades, el de la potenciación del transporte público eléctrico, los desplazamientos a pie y en bicicleta, así como los coches compartidos. Desde el punto de vista energético, se debería fomentar el autoconsumo, ya sea fotovoltaico como eólico, de los consumidores, tanto de forma individual como comunitaria, para conseguir la desconexión de las grandes compañías eléctricas que imponen sus criterios e impiden la rebaja en la factura de la luz. Pero para ello sería necesario reconocer el derecho a autoconsumir energía eléctrica sin ningún tipo de cargo o peaje sobre la energía autoconsumida, sin imponer barreras técnicas, administrativas ni económicas. Por último, la futura Ley de Cambio Climático debería ser más ambiciosa en cuanto a sus objetivos, para poder cumplir lo acordado en diciembre de 2015 en la COP21 de París. 

Una verdadera transición ecológica de la economía debe ser socialmente justa y lo más sostenible posible, para anticiparnos al escenario de escasez de combustibles fósiles, cada vez más difíciles de extraer y menos eficientes, al tiempo que democratizamos el acceso a este bien de primera necesidad que es la energía.

Artículo publicado en el diario.es:

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/transicion-ecologica_132_6448555.html

sábado, 10 de octubre de 2020

LAS OTRAS PANDEMIAS

Un grupo de personas forman con los paraguas
un lazo rosa por el cáncer de mama

Es innegable que el mundo está pasando por la crisis sanitaria más grave de los últimos 100 años, con unas cifras acumuladas desde el pasado mes de febrero de más de un millón de muertos y más de 36 millones de afectados a día de hoy debidos a la COVID-19, una pandemia que parece que estamos aún lejos de doblegar y que está trastocando la vida de millones de personas en todo el planeta.

La sobrecarga de información que recibimos por parte de los medios de comunicación de masas y de las redes sociales, en las que se mezclan noticias veraces, procedentes de los grupos de investigación punteros en virología, e informaciones dudosas, cuando no directamente falsas, que sólo traen confusión, han eliminado de las tertulias y las noticias las otras pandemias, situaciones que ya existían antes del mes de diciembre de 2019, fecha fatídica del comienzo de la transmisión global del virus SARS-Cov-2, y que han dejado de ser portada de los principales periódicos y de aparecer en los sumarios de los noticieros televisados.

Siguen existiendo otros problemas de salud, muchos de ellos agravados con la epidemia de COVID-19 y la crisis económica asociada. Algunos son propios de los países desarrollados, como la obesidad, debida más a una mala alimentación que a un exceso de la misma. Se calcula que cinco millones de personas mueren en el mundo al año de esta enfermedad, y está afectando cada vez más a la gente joven, con la costumbre cada vez más extendida de consumir comida “basura”, barata pero muy calórica. Con el aumento de la pobreza estructural, muchas familias se ven obligadas a comprar alimentos de baja calidad para poder subsistir, incidiendo en el aumento de la obesidad, sobre todo en las capas más vulnerables de la sociedad. El 14,5% de la población adulta española es obesa, mientras que casi el 40% tiene sobrepeso. Esos porcentajes son aplicables también a la población infantil y juvenil (entre los 2 y los 24 años), agravados por los confinamientos que han impuesto un modo de vida sedentario. En el otro extremo, en los países más pobres del planeta sigue existiendo la lacra de la hambruna: alrededor de seis millones de niños menores de cinco años mueren todos los años por efecto del hambre; y sumando se contabilizan hasta nueve millones de personas en total, según datos de la FAO.

Lo mismo ocurre con otras enfermedades que no han desaparecido, ni mucho menos, y cuyos tratamientos se han visto afectados por la dedicación casi exclusiva de los servicios sanitarios (atención primaria, ingresos hospitalarios y UCI) al coronavirus. Así, las enfermedades cardiovasculares suponen la principal causa de muerte en el mundo, alcanzándose los 18 millones de fallecimientos al año, más de 115.000 fallecimientos en España, seguido del cáncer, 9,5 millones al año en el mundo. Se diagnostican 280.000 casos de cáncer al año en España, con unos 100.000 fallecimientos. Otras afecciones de la salud (enfermedades respiratorias, diabetes, diarrea, demencia, etc.) golpean a muchas millones de personas, pero su impacto en los medios queda eclipsado por el coronavirus.

Pero, además de las enfermedades que afectan directamente al ser humano, hay otro fenómeno que, de forma indirecta, pone en peligro la supervivencia de la especie humana en las décadas venideras, y que tampoco tiene mucho protagonismo en los sumarios de los telediarios y las portadas de los diarios. El cambio climático prosigue su avance implacable. Según las últimas mediciones, a nivel mundial, septiembre de 2020 fue el septiembre más cálido desde que existen las mediciones. Con un promedio global de 0,05° C más cálido que el anterior septiembre más cálido, el de de 2019, se ha notado sobre todo en Sudamérica, Australia, Medio Oriente y Siberia. Los incendios de California, aún activos desde hace un mes y medio, que han arrasado 400.000 hectáreas; el récord de temperaturas en Siberia, que ha provocado incendios y el deshielo en el Circulo Polar Ártico; la aparición de los llamados “medicanes”, es decir, huracanes del Mediterráneo, como el sufrido en Grecia, nuevo fenómeno que, hasta ahora, se limitaba a las latitudes tropicales, y que son debidos al aumento de temperatura de las aguas mediterráneas, son algunas señales que nos indican que, lejos de amainar, el cambio climático produce consecuencias directas que, no por anunciadas, dejan de ser devastadoras.

A pesar de que los meses de confinamiento han dado un respiro a la Naturaleza, la vuelta a la actividad económica a partir del verano y la segunda ola de contagios posterior ha disparado de nuevo las alarmas, sumándose a las otras pandemias preexistentes que, aunque han perdido protagonismo mediático, siguen ahí. Se deben redoblar los esfuerzos para no solo vencer a este virus, sino para afrontar los otros retos, sanitarios y ambientales, que ponen en riesgo nuestra supervivencia.

Articulo publicado en eldiario.es:

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/pandemia_132_6279357.html


sábado, 29 de agosto de 2020

LA NATURALEZA COMO AULA



A sólo una semana del comienzo del curso escolar, y después de seis meses de estar sufriendo la mayor pandemia en 100 años, el sistema educativo se enfrenta al mayor desafío que se les plantea a los gobiernos: cómo volver a clase en medio de la segunda ola de contagios sin que ello suponga el agravamiento de los casos y la vuelta a la situación de confinamiento del mes de marzo, que tantos perjuicios ha supuesto para el normal desarrollo del curso anterior, además de la paralización de la vida económica y social tal y como la conocíamos hasta entonces.

Todos los colectivos relacionados con la educación (docentes, familias, alumnado, sindicatos y plataformas) reclaman una vuelta a clase de una forma segura, evitando que se den las condiciones que propicien los contagios, como las aglomeraciones en las aulas y los espacios comunes, los contactos estrechos entre el alumnado y entre éste y el profesorado. La demanda generalizada en el sector educativo es la bajada de las ratios y el aumento de las plantillas de profesorado, única manera de conseguir que no se den esas condiciones.

Pero esto no es nuevo. Desde hace años se viene denunciando la disminución paulatina del número de profesores en la educación pública, fruto de los sucesivos recortes en los fondos destinados a este fin. En la Región de Murcia, según los sindicatos, se han perdido más de 3.000 docentes en estos últimos ocho años, desde la aprobación de la LOMCE, el aumento de la carga lectiva del profesorado y las rebajas en los presupuestos en Educación. Esto ha dado como resultado la masificación en las aulas, condición nefasta para la contención de la pandemia. Es paradójico que, en nuestra región, mientras se imponen restricciones en las reuniones en lugares públicos, con un máximo de 6 personas no convivientes, se permita que haya 24 niñas y niños en aulas de no más de 40 metros cuadrados.

Muchas son las voces que reclaman introducir un factor que, a menudo, no se ha tenido en cuenta a la hora de planificar la vuelta a clase, y que puede ser fundamental para minimizar el impacto de la Covid-19 en los colegios e institutos. Me refiero a realizar un mayor acercamiento del alumnado a la naturaleza, a los espacios naturales, aunque sean urbanos, para dificultar la transmisión del virus. Ya el filósofo Francisco Giner de los Ríos, ideólogo y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, en su obra “Campos escolares” (1884), preconizaba que en la escuela, como conjunto de espacios, debían primar los espacios abiertos sobre las salas cerradas, afirmando, además, que “el ideal de toda escuela es aproximarse al aire libre cuanto sea posible”. En 1909, la pedagoga italiana Maria Montessori estaba convencida de lo necesario que es que los seres humanos no pierdan sus vínculos ancestrales con la naturaleza, y que ésta debe estar imbuida en el proceso educativo, sobre todo a edades tempranas.

En relación a la pandemia, diversos estudios certifican que el riesgo de contagio del coronavirus es 19 veces más alto en espacios cerrados que al aire libre. Se sabe que la mayoría de los contagios tienen lugar en espacios cerrados, locales de ocio, casas, fábricas y salas de reuniones. Asimismo, según varios estudios, aumentar el contacto de niños y jóvenes con la naturaleza es fundamental para luchar contra la pandemia.

El doctor Juan Antonio Ortega, jefe de la Unidad de Salud Medioambiental Pediátrica del hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia, preconiza una serie de medidas para mejorar el medio ambiente de los centros escolares. Entre estas medidas, se encuentran, además de las habituales recomendaciones de mantener las distancias de seguridad y evitar aglomeraciones, así como extremar las medidas de higiene de manos, otras más innovadoras como incrementar tanto como sea posible las clases y actividades al aire libre o espacios abiertos, patios o sombras, incorporando áreas aledañas de la comunidad (calle peatonal con árboles o parques urbanos) para el desempeño de esa función, asegurar una ventilación natural óptima y/o con sistemas de ventilación o aire acondicionado, reducir el tiempo de las clases y, por supuesto, reducir las ratios.

El hecho de incrementar el tiempo de contacto diario de los niños con un entorno natural, incorporando ese periodo en la jornada lectiva del alumnado tiene otras ventajas. Un estudio publicado en la revista británica PLOS Medicine, analizando el modo de vida de más de 600 niñas y niños de entre 10 y 15 años, refleja que con solo un incremento en un 3% de zonas verdes en su vecindario se verifica un aumento en 2.6 puntos de media en su Coeficiente de Inteligencia.

El sistema educativo desarrollado en las últimas décadas se ha basado en concentrar al alumnado en centros educativos cerrados, a veces con más de 1.200 personas, de espaldas a la naturaleza, con una serie de materias aisladas unas de otras como compartimentos estancos. Las sucesivas leyes educativas son modificaciones de las anteriores, con cambios meramente cosméticos en la mayoría de las veces, donde la burocracia campa a sus anchas, y en las que no se ha hecho una reflexión profunda sobre la educación que necesitan nuestros jóvenes, en las que el contacto con la naturaleza debe ser una base primordial. Ahora, en estos tiempos de pandemia, tenemos la oportunidad de replantear el sistema educativo, para estar preparados ante futuras situaciones críticas como la que estamos sufriendo.

Articulo publicado hoy en eldiario.es:

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/naturaleza-aula_129_6188419.html?fbclid=IwAR1RfBPwsGCh5j0bpKMzSLtGYgtTe3ZjkXm1o3zzHmd8YhfYuX5HzAP9uhE