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martes, 28 de mayo de 2024

EL GORGUEL, UN PROYECTO INVIABLE


Hace unos días, el ministerio que lidera Teresa Ribera ha dado carpetazo al macro proyecto de puerto de El Gorguel, por dos razones principales, la afectación al espacio natural adyacente, incluido en la Red Natura 2000, y por la existencia de una alternativa a esa zona, que ocupa menos superficie, como es la ampliación de la dársena de Escombreras. Las reacciones del Partido Popular de la Región de Murcia, a través del propio presidente López Miras y de otras autoridades como la alcaldesa de Cartagena, Noelia Arroyo, no se han hecho esperar, calificando esa decisión de “injusta, injustificable y arbitraria”, alegando las sempiternas promesas de riqueza y creación de puestos de trabajo, argumentos a los que nos tienen acostumbrados desde la época del “boom” inmobiliario y los proyectos afortunadamente paralizados de Marina de Cope o el Parque Paramount. La Fremm llega incluso a poner una cifra, la de más de 40.000 empleos, con la que “se igualarían las cifras de paro con Madrid o el País Vasco”, en un ejercicio de política ficción que pocos creen. Por su parte, las organizaciones empresariales de la región han condenado el, según ellos, “ninguneo” que el MITECO somete a la Región de Murcia, en un episodio más de victimismo con el que basan sus políticas el Partido Popular y sus socios de Vox, a cuenta de los trasvases o de la financiación autonómica, por citar algunos “agravios” que blanden los populares para hacer oposición al gobierno central. 

El puerto de contenedores de el Gorguel, que lleva casi 20 años en los cajones de los diversos consejeros del PP, ha sido objeto de múltiples críticas por parte de ecologistas, profesores universitarios y vecindario, así como de la oposición, debido principalmente a los fuertes impactos que supondría su construcción: pérdida de biodiversidad y afección a la fauna y flora, tanto terrestre como marina, impactos paisajísticos y sobre el patrimonio geológico y minero, contaminación de las aguas y afección a la dinámica sedimentaria de las playas cercanas, entre otros, obviando que esa zona de la costa de Cartagena goza de múltiples figuras de protección, ser Lugar de Interés Comunitario (LIC), Zona Especial de Protección de Aves (ZEPA) y Lugar de Interés Geológico (LIG). 

Desde los sucesivos gobiernos regionales se ha tratado de minimizar esos impactos; todos recordamos las declaraciones del presidente de la Autoridad Portuaria de Cartagena en 2012, Adrián Ángel Viudes, cuando calificó el entorno del El Gorguel de “auténtica porquería”,  insistiendo en la inexistencia del camachuelo trompetero en la zona, especie que provocó, precisamente, la declaración de la sierra de la Fausilla como ZEPA, adyacente al Gorguel, que para él era una invención de los ecologistas, y del que dijo que “ni está ni se le espera”, llegándole en una ocasión a calificar públicamente como “un gorrión africano que es una puta mierda”.

Para el gobierno regional, como se ha demostrado desde hace décadas, el medio ambiente es un aspecto a sacrificar para conseguir sus fines, como se ve en el alto grado de degradación del Mar Menor, o su apoyo a múltiples proyectos urbanísticos desde comienzos de siglo, felizmente parados por la sociedad civil. Bajo la promesa de puestos de trabajo y riqueza, el Partido Popular es capaz de destrozar espacios naturales de incalculable valor, privando a la mayoría de la sociedad del derecho a tener acceso a un medio ambiente limpio, sano y sostenible, un derecho humano universal aprobado en una resolución de la ONU el pasado año 2022, además de ser uno de los artículos de la Constitución que, en su artículo 45, consagra el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo.

Articulo publicado hoy en eldiario.es:

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/gorguel-proyecto-inviable_132_11399967.html

miércoles, 21 de diciembre de 2022

OTRA CUMBRE MÁS

EFE/ Julio César Rivas

Se acaba de celebrar en Montreal la llamada COP15, Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad Biológica, entre los días 7 y 19 de diciembre, una cita bianual que se celebra desde 1994, cuyo objetivo es implementar medidas desde los gobiernos del mundo para conservar la biodiversidad y evitar la destrucción de los ecosistemas. El objetivo que se ha marcado esta cumbre es conseguir que el 30% de los espacios naturales terrestres y marítimos del planeta estén protegidos de aquí a 2030 (actualmente sólo lo está el 17% de los ecosistemas terrestres y el 8% de los marinos) y desbloquear 30 mil millones de dólares anuales para ayudar a los países en vías de desarrollo a esta conservación, aunque éstos aducen que necesitarán unos 100 mil millones al año. En este sentido, España supera con creces este objetivo, ya que el 36,2% de su superficie está protegida, frente al 26% de la media europea.

En 2020 se cumplió el límite de las llamadas Metas de Aichi, un conjunto de 20 objetivos encaminados a mejorar la biodiversidad en sus diferentes vertientes, pesquerías, reducción de la pérdida de hábitats, reducción de la contaminación, reducción del consumo desaforado, mantenimiento de la diversidad genética, aumento de la superficie protegida, etc., que se definieron en 2010 en la COP10 de Nagoya (Japón). Sin embargo, y como era de esperar, ninguna de estas metas se ha cumplido. En esta COP15 se pretende renovar este compromiso para el periodo 2020-2030 con estos objetivos más que ambiciosos.

Organizaciones conservacionistas asistentes a esta cumbre, como WWF y Greenpeace, ya han calificado de “cifras vacías, con protecciones previstas sobre el papel pero nada más”, los acuerdos alcanzados. Se calcula que el 75% de los ecosistemas están alterados por la actividad humana y más de un millón de especies están en peligro de extinción. Un estudio de la Universidad de Cambridge ha llegado a la conclusión que en 2100 el 23% de los ecosistemas del planeta se habrán degenerado tanto que habrán desaparecido. Según WWF, el 69% de las especies de fauna salvaje han desaparecido desde 1970, algunas de las cuales ni siquiera han sido descubiertas por el ser humano. Especialmente grave es el riesgo de desaparición del multitud de especies de insectos, muchos de ellos polinizadores, de los que depende la producción agrícola mundial. El 76% de la producción alimentaria en Europa depende de la polinización realizada por las diferentes especies de abejas.

Con estos mimbres, y tal y como ocurre con las cumbres por el clima, la última de las cuales se celebró recientemente en Egipto, asistimos una y otra vez a los buenos propósitos, pero sin compromisos firmes, como lo demuestra el hecho de que ningún jefe de Estado de la UE haya asistido a esta cumbre, que muchos lideres mundiales se hayan limitado a publicar algún tweet sobre el tema, y que EE.UU. (junto con el Vaticano) ni siquiera ha ratificado el Convenio sobre la Diversidad Biológica de 1992, firmado por 196 países.

En septiembre de 1962 se publicó “La primavera silenciosa”, de Rachel Carson, el primer libro divulgativo sobre el impacto ambiental de la actividad humana y de concienciación ecologista. En 1992 se celebró la Cumbre de Río, primera vez que la ONU se plantea reunir a los países miembros para debatir y llegar a un acuerdo en materia de protección de la naturaleza. Sesenta y treinta años después, respectivamente, de los hitos citados, la ONU sigue debatiendo en el vacío sobre qué medidas deben tomarse para frenar la pérdida de biodiversidad y la destrucción de los hábitats. Tras 15 cumbres sobre este asunto, el planeta continúa su degradación. ¿Cuántas cumbres más serán necesarias para revertir la situación?

Artículo que publicado en eldiario.es:

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/cumbre_132_9809711.html

lunes, 11 de mayo de 2020

MÁS ALLÁ DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO

Cada vez somos más los que pensamos que el PIB no es un indicador adecuado para reflejar la realidad de un país, al poner de relieve solamente el valor monetario de la producción de bienes y servicios, dejando fuera aspectos como el nivel educativo o cultural de una sociedad, la salud o la huella ecológica de las actividades económicas.

Desde que, en los años 90, el profesor emérito de Economía de la Universidad Paris-Sur Serge Latouche lanzara la teoría del decrecimiento, a partir de trabajos anteriores de personas como el economista y matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen, creador del concepto de bioeconomía en los años 70, de la filósofa Hannah Arendt y, sobre todo, a partir del informe del Club de Roma “Los límites del crecimiento” de 1972, donde se cuestionaba por primera vez las supuestas bondades del crecimiento económico y se establecían los límites biofísicos del planeta, justo antes de la crisis del petróleo, los hechos están dando la razón tanto a los científicos, como a las asociaciones ecologistas y a las organizaciones políticas verdes.
Las soluciones que se proponen en este estudio están recogidas desde hace décadas en los programas de los partidos verdes, con éxito moderado (o casi nulo en el caso de España), debido principalmente a la resistencia de las sociedades occidentales a modificar hábitos y de las instituciones a poner coto a sus políticas basadas en la construcción de grandes infraestructuras, en el fomento de industrias y actividades contaminantes y en la supeditación de la protección del medio ambiente a la actividad económica. Un ejemplo de ello lo estamos viviendo en la Región de Murcia con la reciente aprobación por parte del Partido Popular y Ciudadanos, con el apoyo de Vox, del Decreto Ley de de Mitigación del Impacto de la COVID-19 en el Área de Medio Ambiente, una maniobra para facilitar la actividad económica, sobre todo en materia urbanística, a costa de nuestros maltrechos espacios naturales, sobre todo costeros, reduciendo los trámites ambientales para llevar a cabo esas actividades.
Estas soluciones pasan por la relocalización de la economía, la agricultura y el comercio de proximidad, el reparto del trabajo, la reducción en el uso de los recursos naturales, la generalización del uso de las energías renovables, de forma paralela al abandono de los combustibles fósiles, en definitiva, la descarbonización de la economía que nos permita cumplir con los compromisos adquiridos en la Cumbre del Clima de Paris de 2015.
Aunque estamos pasando por un periodo de parón de la actividad, reflejado en el descenso del PIB, los gobiernos europeos están reaccionando para mitigar de la mejor manera los efectos económicos de la pandemia. Incluso el grupo de Los Verdes Europeos en el Parlamento Europeo propone un plan de recuperación de cinco billones para una reconstrucción verde. Este descenso del PIB ha dado aun respiro a los ecosistemas, pero esto puede ser un espejismo. Todos los organismos internacionales pronostican que la recuperación económica llegará según tres modelos. Dos de ellos prevén una vuelta al PIB anterior a la crisis, incluso superándolo: son los llamado modelos en V y en U, siendo el segundo más gradual que el primero. El tercer modelo es más negativo, el modelo en L, que afectaría principalmente a la cultura, la hermana pobre de la industria en nuestro país.
Esa vuelta al PIB positivo, que en España se cifra en un 6,8% para 2021, significará un nuevo aumento de la presión sobre los ecosistemas, tal y como ocurría hasta ahora, por lo que parece que no hemos aprendido nada. Pero el concepto de decrecimiento está yendo más allá de la teoría, y ya aparecen propuestas políticas concretas, como las realizadas por un grupo de 170 académicos holandeses que han planteado en un manifiesto una serie de puntos para el cambio económico post crisis del Covid-19, incluyendo el abandono del PIB, construir una estructura económica basada en la redistribución, transformar la agricultura hacia una regenerativa, reducir el consumo y los viajes, así como reducir la deuda.
Tal y como concluye el estudio citado anteriormente, estamos ante una oportunidad de dejar de lado este indicador macroeconómico que es directamente proporcional a la destrucción del planeta y explorar trayectorias socioeconómicas más allá del crecimiento económico para las generaciones futuras.
Artículo publicado hoy en eldiario.es:

martes, 21 de abril de 2020

EL ESCENARIO POST-COVID-19, UNA VENTANA DE OPORTUNIDADES

Foto: EFE
En estas semanas de confinamiento salen a la luz numerosos artículos y estudios, como el realizado por la organización ambiental WWF, que relacionan la destrucción de la naturaleza, la pérdida de biodiversidad y el avance del cambio climático con la proliferación de patógenos en general y del coronavirus en particular. Por ejemplo, se ha comprobado que la eliminación de hábitats, la deforestación, la agricultura y la ganadería intensivas, el tráfico de animales vivos y el consumo de animales exóticos, ya sea como alimento, como medicina o como amuletos favorece la zoonosis, es decir, la transmisión de virus de una especie a otra, incluida la especie humana. Ya se ha citado que la contaminación atmosférica, especialmente debida a partículas en suspensión acelera la transmisión del coronavirus.
Es un hecho que el estado de alarma planetario ha reducido sensiblemente tanto las emisiones de gases de efecto invernadero como la contaminación, hasta niveles nunca vistos en los últimos años. Así, China ha disminuido en un 25% sus emisiones con la situación de epidemia. En Europa, las emisiones contaminantes también se han reducido, sobre todo en las grandes ciudades y las zonas industriales. Sin embargo, ¿es consciente el mundo de que es necesario mantener esta tendencia para cuando esta crisis sanitaria se supere? ¿O será sólo un espejismo y a esta situación irá seguida de un efecto rebote que multiplicará las emisiones para volver a lo que había o, peor aún, a superarlo?
Durante décadas los científicos han alertado de los efectos nocivos de una actividad económica desaforada sobre el planeta, siendo totalmente ignorados porque sus advertencias iban en contra del crecimiento económico y de la consecución de beneficios a corto plazo, aunque nos están llegando señales inequívocas de la degradación ambiental generalizada desde hace años. Ha hecho falta una pandemia para que seamos testigos de la recuperación, aunque sea parcial, de los ecosistemas, al dejar que la naturaleza funcione sin alteraciones humanas, aunque sea a pequeña escala, ya que décadas de acción antrópica sobre el medio no pueden ser eliminadas de un plumazo.
La cuestión es si esta crisis sanitaria hará replantearse a los gobiernos nuestro modo de producir, nuestra manera de consumir y de movernos o, al contrario, una vez que pase la pandemia, olvidaremos sus consecuencias y seguiremos cambiando de coche cada dos años, de móvil cada seis meses, usaremos el vehículo privado para movernos a la vuelta de la esquina, los gobiernos seguirán sin invertir en transporte público, sin favorecer la movilidad sostenible en las ciudades, o fomentando industrias contaminantes, por poner algunos ejemplos.
¿Se producirá la tan ansiada transición ecológica de la economía? ¿O se seguirá invirtiendo en sectores que generan una gran huella ecológica, depredadores del territorio y que tantas consecuencias negativas provocan, incluido el establecimiento de las condiciones favorables para que las epidemias se transmitan con mayor facilidad? Ni siquiera las sucesivas Cumbres del Clima han hecho mella en la voluntad de los gobiernos, manteniéndose las emisiones y la actividad económica.
Pero parece que algo está cambiando. Ministros de Medio Ambiente de 10 países de la UE, incluida España, 79 eurodiputados de 17 países miembros, 37 directores generales de otras tantas empresas europeas, asociaciones empresariales, sindicatos y diversas ONGs se han adherido al manifiesto “Green Recovery” (Recuperación Verde), redactado y propuesto por Pascal Canfin, del grupo parlamentario de Los Verdes y presidente del Comité de Medio Ambiente del Parlamento Europeo, por el que se plantean inversiones masivas para afrontar un escenario post-Covid19, de modo que se aborde una transición de la economía según el prisma verde, es decir, que sea neutra para el clima, que incluya la protección de la biodiversidad y la transformación de los sistemas agroalimentarios para mejorar el modo de vida de todos los ciudadanos del mundo, así como de contribuir a la construcción de sociedades más resistentes, tal y como reza el manifiesto. De esa manera, se combinan dos luchas que deben ir íntimamente ligadas, la lucha contra pandemia futuras y contra el cambio climático.
 El escenario post-Covid19 debe ser una ventana de oportunidad para cambiar nuestra visión y conseguir un mundo más saludable, más sostenible y más justo.
Articulo publicado hoy en el diario.es:

martes, 28 de enero de 2020

2020: RETOS AMBIENTALES

A los pocos días de haberse aprobado en el Congreso de los Diputados la conformación del primer gobierno de coalición desde la Segunda República, y comenzando el año 2020, es el momento de repasar los principales retos ambientales a los que se enfrenta nuestro país y el planeta en general, con dos fechas en el horizonte.
Una, 2030, año que fija la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas con la definición de 17 objetivos que incluyen desde el fin de la pobreza, el hambre cero o la igualdad de género, hasta aspectos educativos, sanitarios y económicos, además de conservacionistas de los ecosistemas marinos y terrestres. La otra fecha que hay que tener en mente es la de 2050, año para el que la Comisión Europea pretende haber conseguido la transición ecológica de la economía en toda la UE, en consonancia con el Acuerdo de París de 2015.
Hace unos días conocimos el último estudio sobre los efectos del cambio climático en Sierra Nevada. El aumento de las temperaturas y el descenso de las precipitaciones en el presente siglo no sólo harán desparecer la nieve natural en ese macizo, afectando a la industria del esquí, sino que pondrá en peligro el abastecimiento de agua en las provincias de Granada y Almería. Los glaciares pirenaicos tienen la muerte anunciada en pocas décadas, y la España semiárida va aumentando de año en año, siendo ahora un 6% más extensa que hace 50 años. Sólo con la reducción a cero de las emisiones de gases de efecto invernadero se podrá luchar contra este fenómeno.
La pérdida de la biodiversidad, relacionada directamente con el cambio climático, pero también con la destrucción de hábitats, es otro de los desafíos que debemos abordar. Muchos científicos están de acuerdo en que nos aproximamos a la sexta extinción, provocada por la acción antrópica, no en vano nos encontramos en el llamado Antropoceno, marcado por los efectos de las actividades humanas en los ecosistemas.
El 75% de los ambientes terrestres y el 66% de los ecosistemas marinos han sido severamente modificados, y la mayoría de ellos continúa sufriendo un proceso de degradación, de hasta un 4% por década, calculándose en un millón las especies que están en peligro de extinción, la mayoría de ellas insectos.
España, a pesar de contar con la mayor biodiversidad de la UE, no puede ni debe bajar la guardia, ya que entre el 40% y el 60% de las especies están catalogadas con alguna categoría de amenaza de extinción.
La Fundación Global Nature menciona entre los factores causantes de este problema el cambio del uso del suelo, el abandono rural y la intensificación de la agricultura, siendo ésta última el mayor motor de pérdida de biodiversidad en la UE y en el planeta.
Otros problemas con los que nos enfrentamos son las migraciones, muchas de ellas que se pueden calificar de climáticas o ambientales. Según el Banco Mundial, unos 100 millones de personas han sido desplazadas por cuestiones relacionadas con el clima (sequías, pérdida de cosechas, falta de alimentos y agua, principalmente), ya sea dentro de sus propios países, con la migración desde las zonas rurales a las ciudades, o bien de unos países a otros.

Hiperpoblación y España vaciada

Este problema afectaría también a nuestro país. La sequía y los aumentos de temperatura tendrán al sureste español como principal damnificado, contemplándose la futura inviabilidad de los cultivos, y ya hay voces que vaticinan movimientos de población desde zonas hiperpobladas y más afectadas por el cambio climático (con Murcia como una región que previsiblemente aumentará de población, según el INE, en 100.000 personas de aquí a 2033) hacia la España vaciada, como una solución para revertir el despoblamiento de las zonas de interior y la corrección de los desequilibrios demográficos.
Con estos tres retos ambientales (cambio climático, pérdida de biodiversidad y migraciones climáticas), además de otros como la disminución de la contaminación en todas sus versiones, el Gobierno tiene mucho trabajo por delante si queremos asegurar un futuro viable para las generaciones venideras; saliendo del cortoplacismo que ha caracterizado a los ejecutivos precedentes y debiendo poner el cambio en el modelo productivo, la recuperación de los ecosistemas degradados (como nuestro querido Mar Menor) y la transición ecológica de la economía en el centro de las políticas.
Artículo aparecido el 12 de enero de 2020 en eldiario.es:

lunes, 18 de noviembre de 2019

CRÓNICA DE LA MUERTE DEL MAR MENOR

Peces muertos en la orilla del Mar Menor/EA
Mucho se ha escrito en los últimos días sobre la catástrofe ambiental en el Mar Menor desde que el pasado sábado miles de peces, crustáceos y moluscos, más de tres toneladas de cadáveres que fueron retirados del mar por los operarios, intentaban desesperadamente encontrar el oxígeno que faltaba en el agua, sin éxito.
Hemos leído en diferentes medios de comunicación las causas más probables, explicaciones dadas por profesores de Ecología de la UMU, que aluden al afloramiento de aguas del fondo de la laguna, anóxicas (sin oxígeno) y probablemente con sustancias tóxicas, liberadas debido a los vientos de levante, que han provocado esa muerte masiva. Esta situación ha sido la gota que ha colmado el vaso de décadas de vertidos de residuos procedentes del turismo y la agricultura, cargados éstos últimos de nitratos que han eutrofizado (palabreja que designa el enriquecimiento en nutrientes de un ecosistema acuático) el agua, aumentando la biomasa de fitoplancton (plantas microscópicas acuáticas) y demás materia orgánica que creó la famosa “sopa verde” aparecida en 2016, y cuyo corolario más dramático ha sido el suceso del   que muchos residentes fueron testigos horrorizados el pasado fin de semana.

miércoles, 8 de mayo de 2019

EL ASESINO SILENCIOSO

Hace unos días, la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES son sus siglas en inglés), organismo dependiente de la ONU, que agrupa a 132 países, se reunió en París para analizar el estado de los ecosistemas mundiales y su biodiversidad, y sus conclusiones no pueden ser más claras, a la vez que preocupantes.
Se calcula que existen unas 30 millones de especies animales y vegetales distintas en el mundo. De todas ellas, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) cifra en un millón las que se encuentran en peligro de extinción y en 17.000 las amenazadas. Para el 2020 la diversidad de especies se puede haber reducido en un 33%. Además, muchas de esas especies habrán desaparecido sin que ni siquiera hayan sido descubiertas por la ciencia.
Especialmente alarmante es la desaparición de los insectos, y de entre ellos, las abejas, responsables de la polinización de las plantas, muchas de ellas comestibles, por lo que se pone en riesgo la alimentación de la especie humana en las próximas décadas. Un ejemplo cercano en nuestras ciudades es la escasez de gorriones; se calcula que 30 millones de ejemplares han desaparecido en los últimos 10 años en España, debido principalmente al uso masivo de insecticidas tóxicos, como el glifosato que se usa en nuestros parques y jardines, el aumento de la contaminación del aire, los niveles de ruido y la reducción de espacios donde construir nidos.
Algunos expertos hablan ya de la 'sexta extinción', habiendo ocurrido las cinco últimas en el periodo que va desde hace 440 y 65 millones de años, la última de las cuales hizo desaparecer a los dinosaurios. Esta sexta extinción tiene un solo responsable, el ser humano y nuestro modo de vida.
La directora del Convenio sobre la Diversidad Biológica de la ONU, Cristiana Pașca Palmer, se refiere a este problema como "el asesino silencioso", porque, a diferencia del cambio climático, cuyos efectos percibimos día a día (récords de temperatura, inundaciones, sequías, desertificación, …) la pérdida de biodiversidad, es decir, de la variedad de especies, su diversidad genética y sus hábitats, no es advertida por nosotros, ya que estamos cada vez más alejados de la naturaleza.
Las causas de este descenso brutal en la biodiversidad son conocidas. En primer lugar, la pérdida de hábitats, por la transformación de los paisajes naturales y el cambio en los usos del suelo para su aprovechamiento económico, principalmente por la agricultura y la construcción. En la Región de Murcia, esto se ha puesto de manifiesto con el aumento de los regadíos de forma exponencial, a menudo de forma ilegal, como se ha visto recientemente con la denuncia de la CHS, que ha descubierto más de 3.600 has. de superficie ilegal de regadíos, aunque los colectivos ecologistas cifran en cerca de 20.000 las hectáreas roturadas de ese modo.
La introducción de especies invasoras es otra causa de la pérdida de biodiversidad, ya que desplazan a las especies autóctonas. En Europa, una de cada tres especies está en peligro crítico de extinción por esta amenaza. En nuestra región, especies acuáticas exóticas como el cangrejo azul, la gambusia, la babosa negra, el cangrejo rojo, el mejillón cebra o el galápago de Florida (surgido de individuos domésticos provenientes de tiendas de animales) amenazan a las especies del río Segura y el Mar Menor, además de otras como el mosquito tigre, especialmente molesto, o el arrui, competidor de la cabra montés, modifican la diversidad en montes y riberas.
Otra actividad humana que amenaza a la biodiversidad es la caza. La introducción de especies cinegéticas en el medio procedentes de granjas, la muerte de aves rapaces protegidas por disparos, la acumulación de plomo venenoso en los campos provenientes de perdigones o la colocación ilegal de cebos envenenados en los cotos de caza son algunas de las causas que producen la pérdida de biodiversidad. La contaminación en sus diversas vertientes (atmosférica, acuática, lumínica y acústica) también contribuye a este mal, junto al cambio climático, ya que el aumento de la temperatura media de los mares y el planeta en general trae como consecuencia el desplazamiento de las especies a latitudes donde antes no estaban presentes, sustituyendo a las especies autóctonas y modificando los ecosistemas.
Ahora que la juventud en el mundo está movilizada por el clima, es el momento idóneo para que la sociedad también se haga eco de la denuncia del colectivo científico que, desde París, nos alerta de esta gran amenaza que es la pérdida de biodiversidad, el segundo problema más importante a nivel global tras el cambio climático.
Artículo aparecido ayer en eldiario.es: