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martes, 3 de mayo de 2022

RECUPEREMOS LA HUERTA

 

Al igual que el Mar Menor, la huerta de Murcia se muere. La que en otro tiempo fue llamada la huerta de Europa languidece poco a poco, víctima de múltiples atentados ambientales y al patrimonio histórico, unos más visibles que otros. Solo de vez en cuando encontramos bancales perfectamente acondicionados y en uso agrícola. Construcciones faraónicas de dudoso gusto, algunas ilegales, pueblan los bancales junto a casas semi-ruinosas y abandonadas; toneladas de basura, latas, botellas de plástico, bolsas y envoltorios de todo tipo, se acumulan en los bordes de los caminos, acequias y carriles, hasta el punto de constituir lo que se ha llamado la 'basuraleza', residuos que se dejan en la naturaleza, afeando y contaminando la huerta; acequias entubadas; edificios históricos (molinos, torres, casas señoriales), muchos de ellos catalogados como Bienes de Interés Cultural (BIC), abandonados a su suerte; talas indiscriminadas de árboles centenarios; carreteras y autovías que atraviesan la huerta sin ningún miramiento, arrasando bancales y dividiendo el territorio; quemas de rastrojos; urbanizaciones que, al calor de la burbuja inmobiliaria de hace 15 años, se multiplican en los arrabales de las pedanías de Murcia; cientos de gigantescos paneles publicitarios que jalonan las vías de comunicación, formando una barrera visual al paisaje de huerta.

Los diferentes equipos de gobierno del Ayuntamiento que se han sucedido en la Glorieta no han dudado en citar a la huerta de Murcia cuando se trata de promocionar el turismo, además de anunciar a bombo y platillo sucesivos planes de recuperación que nunca llegan a efecto, que no van más allá de señalizar algunos carriles de la huerta con señales de tráfico destinadas a las bicicletas, planes que se sacan a colación sobre todo en periodo electoral, como un aspecto de cita obligada en los programas electorales, pero que, a la hora de la verdad, se quedan en el cajón. Eso sin hablar de que, en las fiestas de Primavera, se llega al paroxismo de la exaltación huertana, para volver al ostracismo pasadas las celebraciones festivas.

Precisamente en esas fechas tuve la oportunidad de viajar a Lanzarote, la isla más oriental del archipiélago canario, y hubo algo que me llamó la atención. En la zona rural, las pequeñas poblaciones cuidan muy bien su entorno, no se ve basura, las casas están perfectamente integradas en el paisaje, por no haber no hay ni vallas que rodean a las casas ni, por supuesto, vallas publicitarias que afean el paisaje. No es casualidad que Lanzarote fuera designada como Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993. Ver, sin embargo, cómo la huerta ha perdido las características que la hicieron única es algo que lleva a un estado compartido entre la indignación y la pena al pensar en el contraste entre lo que podría ser y lo que décadas de desidia y desatención por parte de las administraciones han permitido que sea.

Afortunadamente, contamos con diversas organizaciones que luchan día a día para conservar y hacer respetar la huerta murciana, asociaciones vecinales, grupos ecologistas o Huermur, Asociación para la Conservación del Patrimonio de la Huerta de Murcia, que llevan años denunciando los atentados perpetrados contra el patrimonio cultural, ambiental y etnológico de la huerta de Murcia.

Esperemos que el actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Murcia atienda las reivindicaciones de los diferentes colectivos de defensa de la huerta, y que hagan efectivas medidas para recuperar y conservar este patrimonio que, hasta ahora, ha sido muy maltratado por las instituciones.

Artículo publicado el 30 de abril en eldiario.es:

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/recuperemos-huerta_132_8956174.html

miércoles, 27 de mayo de 2015

UNA CIUDAD PARA LAS PERSONAS


Recién acabadas las elecciones autonómicas y municipales, con la consecución de un cierto cambio en las instituciones, la pérdida de la mayoría absoluta del PP y de algunos ayuntamientos en los que gobernaba el Partido Popular, formación que nos ha traído, tras 20 años de gobierno, a un estado catastrófico en lo ambiental y social que no se recordaba en la historia de esta región (uso y abuso de los espacios naturales para el beneficio de unos pocos, niveles de pobreza insostenibles, proliferación de infraestructuras caras e innecesarias, degradación de la sanidad y la educación, etc.), es hora de ponerse a trabajar para conseguir la ciudad que queremos, parafraseando el título del famoso manifiesto. Entre los retos a los que se enfrentan las ayuntamientos en este nuevo ciclo está el que los núcleos urbanos estén pensados por y para las personas, a diferencia de lo que caracteriza a las ciudades en la actualidad.
¿Y qué significa este axioma? En primer lugar, una ciudad donde la transparencia sea evidente, donde sus cargos públicos rindan cuentas de forma periódica, y no sólo cada cuatro años, y donde los contratos públicos se hagan con luz y taquígrafos, pensando en el bien común. Una ciudad descentralizada, donde los barrios tengan el protagonismo que se merecen, donde la opinión de los vecinos y vecinas cuente, en la que se habiliten cauces de participación ciudadana eficaces.
En segundo lugar, una ciudad sostenible, caracterizada por ser compacta y diversa, no extensa y segregada, que sea espacio de encuentro, fuente de empleos verdes, favorecedora de la economía de proximidad, que ponga en valor su patrimonio cultural y natural. Abierta a su entorno, no encerrada en sí misma, donde la naturaleza se integre en sus calles, a través de huertos urbanos, jardines con plantas autóctonas, y las calles se integren en el entorno natural, huertas, acequias, playas, montes. Una ciudad que fomente la economía circular, aquella que se basa en las premisas de reducir el consumo, reciclar y reutilizar, frente a la economía lineal basada en producir, consumir y eliminar los residuos. Bancos de tiempo, trueque, mercados de segunda mano, consumo colaborativo, monedas sociales, deben ser aspectos habituales en una ciudad ecológicamente sostenible.
Una ciudad para las personas debe apostar por la cohesión social, reduciendo las desigualdades, garantizando el acceso a los servicios públicos (vivienda, agua, luz), haciendo de ella un espacio para la educación, reduciendo la exposición a agentes contaminantes. Debe ser un espacio donde lo peatonal sea la norma, donde las bicicletas dominen la calzada, donde el transporte público sea eficiente y asequible, y el transporte privado sea la excepción. En una ciudad sostenible, la búsqueda de la armonía y el buen vivir de sus habitantes debe ser lo prioritario, y no la consecución de intereses privados basados en la especulación urbanística que sólo benefician a unos pocos.
Estos son los retos a los que nos enfrentamos como ciudadanos, como habitantes de las ciudades, pues sólo con la participación del mayor número de personas posible, como integrantes de la sociedad civil, se harán realidad estos objetivos. Pongámonos manos a la obra.
Artículo aparecido hoy en La Crónica del Pajarito:

miércoles, 28 de enero de 2015

¿VALLAS PUBLICITARIAS? NO, GRACIAS


Haga un experimento. Transite por cualquier avenida de entrada o salida a una población de nuestra región, o fíjese en los aledaños de cualquiera de las numerosas rotondas decoradas (por decir algo) con extrañas (y normalmente horribles) figuras de hierro y acero que pueblan nuestras ciudades.¿Qué ve? Decenas de paneles publicitarios, en varias alturas, invaden nuestro campo de visión, informándonos de todo tipo de negocios y productos, normalmente de ámbito local, sin que podamos sustraernos a su presencia. En algunos casos, como en las cercanías de la ciudad de Murcia, estos paneles impiden ver la huerta (o lo que queda de ella), el ecosistema humanizado más amenazado de nuestra región, engullido por dúplex y enormes avenidas con tres carriles por sentido.
Esas vallas publicitarias, junto con las decenas de marquesinas y mupis esparcidos por el casco urbano de las ciudades, marcan nuestros hábitos de consumo, incitándonos a comprar en unos comercios en detrimento de otros, a ver unas películas y no otras, sin que tengamos la opción de evadirnos ni de obviar su mensaje. ¿Es eso a lo que aspiramos como consumidores conscientes? Si queremos realizar un verdadero cambio de modelo de consumo, para que sea más responsable y atienda las necesidades reales y no las inducidas por la publicidad, debemos empezar por acometer cambios en estos aspectos.
Esto lo han entendido muy bien en Grenoble, ciudad francesa de 160.000 habitantes (con un área metropolitana de 670.000 personas) al pie de los Alpes y gobernada por un alcalde verde, Eric Piolle, desde abril de 2014. Pues bien, el consistorio ha decidido eliminar todas las vallas publicitarias y mupis, en total 326 paneles y más de 2.000 metros cuadrados de publicidad, atendiendo a razones de tipo tanto ético como estético: "Constatamos que lo que está visible en nuestras calles es una información que no sirve a nuestros ciudadanos: perfumes, coches, cosas que no tienen nada que ver con lo que se hace en nuestra ciudad, que no benefician a nuestro comercio y que, además, agreden, especialmente a los más jóvenes y los niños que carecen de la distancia o madurez necesaria para desmarcarse de esas imágenes publicitarias que, por lo demás, reflejan un modelo de sociedad catastrófico", explica Lucille Lhereux, responsable de espacios públicos de la ciudad. “Hay más sensibilidad hacia la estética de los lugares y cada vez más se la quiere preservar", afirma.
Los detractores de esta medida aducen la pérdida de ingresos que supone la retirada de las vallas publicitarias, pero ante ese argumento se les dice que la situación de déficit es más debida a una deficiente financiación de los ayuntamientos. También se podría argumentar que en la época de crisis galopante como la que atravesamos, la cuestión de las vallas publicitarias es algo secundario, debiendo dedicar los esfuerzos a atender a los más afectados. Pero uno de los pasos a dar para cambiar este modelo de consumo galopante, origen de desigualdades y agravante de los problemas ambientales, primer estadio para cambiar este sistema basado en el axioma “comprar-tirar-comprar”, es modificar nuestra relación con la publicidad, potenciando el comercio de cercanía y los productos locales. al tiempo que recuperamos el espacio y el paisaje para la ciudadanía.

Publicado hoy en La Crónica del Pajarito:

http://www.lacronicadelpajarito.es/blog/federicogcharton/2015/01/vallas-publicitarias-no-gracias


sábado, 28 de enero de 2012

LA HUERTA SE MUERE

Las últimas noticias referentes al grado de deterioro que ha alcanzado el patrimonio histórico de la huerta de Murcia ponen en evidencia hasta qué punto el ayuntamiento de Murcia está de espaldas a este singular ecosistema y a los valores ambientales, culturales y sociales que representa. Basta pasearse por las inmediaciones del casco urbano para comprobar cómo la fiebre urbanizadora, alentada por el consistorio, ha degradado gran parte de este patrimonio natural e histórico.

Molino del Batán (siglo XVIII)
Molino del Batán (siglo XVIII)

Como muestra, tres ejemplos: el molino del Batán, catalogado como Bien de Interés Cultural por la Disposición Adicional Segunda de la Ley 16/1985, de 25 de junio del Patrimonio Histórico Español. La torre, de origen islámico (siglo XIII), es anexa al edificio principal (molino harinero), que data del siglo XVIII y, como puede verse, se encuentra en un estado lamentable, con escombros a su alrededor y en un estado semi-ruinoso.





Las acequias de la huerta están siendo objeto de entubamientos, por lo que se pierde un ecosistema muy específico, que alberga una fauna y flora singulares. Considerar las acequias y azarbes como meros canales de riego es despreciar la importancia ambiental de estas infraestructuras tradicionales.

Acequia
Misma acequia entubada





















Otro patrimonio histórico de la huerta que es objeto de un abandono manifiesto es el de los castillos árabes, (Monteagudo, Castillejo, Larache), algunos de propiedad privada, fortalezas fronterizas entre los reinos cristiano y musulmán hasta el siglo XIII y, posteriormente, entre los reinos de Aragón y Castilla hasta finales del siglo XV, siendo abandonados tras la unión entre ellos bajo el reinado de los Reyes Católicos. Mientras que cualquier otra comunidad estaría orgullosa de este patrimonio, siendo objeto de restauración y puesta en valor, desde la Región de Murcia se deja que se degrade, con lo que la población murciana en general desconoce su propia historia y su patrimonio.

Castillejo de Monteagudo

Patio del castillo
Es evidente en estas fotografías cómo las diferentes administraciones públicas han ido dejando que este patrimonio se fuera deteriorando con los años.











Además de estos casos puntuales, lo más grave es que, desde el ayuntamiento de Murcia, se ha fomentado la urbanización (a menudo ilegal) de la huerta. Cuando en 2001 se aprobó el PGOU del municipio, se pensó en duplicar en 2025 la superficie edificada y se planificaron 120.000 viviendas nuevas, de ellas 30.000 en pedanías del Campo de Murcia, donde se ubicarían 14 campos de golf (ver enlace). Según la Confederación Hidrográfica del Segura, de las 13.026 hectáreas de huerta que había en 1995, ahora sólo quedan 7.000 (ver enlace). La mayoría de estas edificaciones ilegales regularizan su situación con el pago de una multa, dejándose el camino abierto a la ocupación residencial de un territorio caracterizados por la fertilidad de su tierra.

Hay que destacar la labor realizada por la Asociación de Defensa de la Huerta (HUERMUR) que, desde distintas instancias, trabaja incansablemente en favor de este patrimonio natural, paisajístico, histórico y etnográfico y para que sea considerado por las administraciones públicas como un valor que merece ser conservado.

Es necesario que se elabore un Plan Integral de Protección de la Huerta de Murcia, para que los siglos de historia y patrimonio, los usos tradicionales y los conocimientos transmitidos de padres a hijos no se pierdan, y para que las generaciones futuras puedan disfrutar de los valores que nuestros antepasados han conocido, y que la sociedad actual parece no valorar, más allá de las demostraciones folclóricas durante una semana al año.