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viernes, 25 de noviembre de 2016

EL VIERNES DEL CONSUMISMO

Esta semana se celebra en toda Europa y EEUU el llamado “Black Friday”, el viernes negro del consumismo, que, desde hace unos pocos años, ha llegado a nuestro país. Esta costumbre procedente de EEUU (como el fast food, Halloween, los reality shows, los programas televisivos de búsqueda de talentos o el pilates) ha impregnado el imaginario de la sociedad española. En origen, esta apelación hacía referencia al caos circulatorio que había en las calles de algunas ciudades norteamericanas el viernes posterior al Día de Acción de Gracias (que se celebra el último jueves de noviembre), día festivo en EEUU, en el que se aprovechaba para hacer compras de cara a la Navidad.
Poco a poco, se convirtió en el pistoletazo de salida de las compras compulsivas, con rebajas incluidas. España se ha sumado a esta moda, ampliándose incluso este período de compras a toda la semana. Se calcula que, de media, cada ciudadano español se va a gastar en estas fechas cerca de 200 euros en compras, muchas de ellas innecesarias. Las asociaciones de consumidores advierten de que, en estas supuestas ofertas irresistibles, puede haber indicios de fraude, pues algunos establecimientos inflan los precios unas pocas fechas antes del famoso viernes para, y tras aplicarles el porcentaje de rebaja, quedarse casi al mismo precio que poco antes de esa inflación.
"De nuevo el recurso, fomentado por el propio gobierno, de apelar al consumo como motor de la economía, alentando el endeudamiento de las familias"
De nuevo asistimos al recurso, fomentado por el propio gobierno y sus canales de comunicación oficiales, de apelar al consumo como motor de la economía, alentando el endeudamiento de las familias como medio de encontrar, supuestamente, la felicidad. Las familias españolas tenemos un nivel de endeudamiento que supera los 700.000 millones de euros (el 70% del PIB), aunque es cierto que este nivel ha descendido en los últimos meses. Pero estas campañas de fomento del consumo no ayudan a reducirla, sino todo lo contrario.
Además, es bien sabido que los aumentos en el consumo desenfrenado, que es lo que nos pretenden inculcar con estas campañas, traen consigo una serie de consecuencias, muchas de ellas indeseables: el aumento de las desigualdades sociales; la generación de frustraciones entre las personas que no pueden permitirse ese gasto; la dependencia, por parte de ciertas personas, a la posesión de objetos, muchos de ellos de usar y tirar y claramente innecesarios; y, a nivel global, una mayor presión social y ambiental hacia terceros países, donde se fabrican casi todos los productos (sobre todo ropa, ordenadores, teléfonos móviles, etc.), en condiciones de explotación laboral y contaminando, a menudo, el medio que les rodea, debido a una mayor laxitud en la protección del medio ambiente en esos países.
Sumado a eso, el consumismo, es decir, la compra compulsiva de productos, acrecentada por la influencia de la publicidad, base del sistema capitalista, condenado a crecer continuamente para asegurar su perpetuación, es causa directa del agravamiento del cambio climático, por el aumento en el uso de los recursos naturales y en la generación de residuos. Recién acabada la Cumbre del Clima de Marrakech COP22, no parece que se vislumbre en nuestra sociedad cambio alguno para intentar mitigar los efectos del cambio climático, empezando por una modificación en los hábitos de consumo, pasando a ser un consumo responsable, es decir, aquel que se adapta a nuestras necesidades reales, minimiza los impactos en el medio ambiente, disminuyendo nuestra huella ecológica, y permite la igualdad social.
Pero el consumo responsable lo tiene difícil en nuestra sociedad. Si ustedes consiguen superar este dichoso viernes, enseguida nos llegan otras fechas, Navidad, Reyes, San Valentín, días del padre y la madre... todas ellas convenientemente precedidas por campañas publicitarias para que no podamos sustraernos al encantamiento de las compras. Suerte.
Artículo aparecido hoy en La Crónica del Pajarito:

miércoles, 27 de mayo de 2015

UNA CIUDAD PARA LAS PERSONAS


Recién acabadas las elecciones autonómicas y municipales, con la consecución de un cierto cambio en las instituciones, la pérdida de la mayoría absoluta del PP y de algunos ayuntamientos en los que gobernaba el Partido Popular, formación que nos ha traído, tras 20 años de gobierno, a un estado catastrófico en lo ambiental y social que no se recordaba en la historia de esta región (uso y abuso de los espacios naturales para el beneficio de unos pocos, niveles de pobreza insostenibles, proliferación de infraestructuras caras e innecesarias, degradación de la sanidad y la educación, etc.), es hora de ponerse a trabajar para conseguir la ciudad que queremos, parafraseando el título del famoso manifiesto. Entre los retos a los que se enfrentan las ayuntamientos en este nuevo ciclo está el que los núcleos urbanos estén pensados por y para las personas, a diferencia de lo que caracteriza a las ciudades en la actualidad.
¿Y qué significa este axioma? En primer lugar, una ciudad donde la transparencia sea evidente, donde sus cargos públicos rindan cuentas de forma periódica, y no sólo cada cuatro años, y donde los contratos públicos se hagan con luz y taquígrafos, pensando en el bien común. Una ciudad descentralizada, donde los barrios tengan el protagonismo que se merecen, donde la opinión de los vecinos y vecinas cuente, en la que se habiliten cauces de participación ciudadana eficaces.
En segundo lugar, una ciudad sostenible, caracterizada por ser compacta y diversa, no extensa y segregada, que sea espacio de encuentro, fuente de empleos verdes, favorecedora de la economía de proximidad, que ponga en valor su patrimonio cultural y natural. Abierta a su entorno, no encerrada en sí misma, donde la naturaleza se integre en sus calles, a través de huertos urbanos, jardines con plantas autóctonas, y las calles se integren en el entorno natural, huertas, acequias, playas, montes. Una ciudad que fomente la economía circular, aquella que se basa en las premisas de reducir el consumo, reciclar y reutilizar, frente a la economía lineal basada en producir, consumir y eliminar los residuos. Bancos de tiempo, trueque, mercados de segunda mano, consumo colaborativo, monedas sociales, deben ser aspectos habituales en una ciudad ecológicamente sostenible.
Una ciudad para las personas debe apostar por la cohesión social, reduciendo las desigualdades, garantizando el acceso a los servicios públicos (vivienda, agua, luz), haciendo de ella un espacio para la educación, reduciendo la exposición a agentes contaminantes. Debe ser un espacio donde lo peatonal sea la norma, donde las bicicletas dominen la calzada, donde el transporte público sea eficiente y asequible, y el transporte privado sea la excepción. En una ciudad sostenible, la búsqueda de la armonía y el buen vivir de sus habitantes debe ser lo prioritario, y no la consecución de intereses privados basados en la especulación urbanística que sólo benefician a unos pocos.
Estos son los retos a los que nos enfrentamos como ciudadanos, como habitantes de las ciudades, pues sólo con la participación del mayor número de personas posible, como integrantes de la sociedad civil, se harán realidad estos objetivos. Pongámonos manos a la obra.
Artículo aparecido hoy en La Crónica del Pajarito:

miércoles, 6 de mayo de 2015

CONSUME HASTA MORIR


Vuelven las declaraciones triunfalistas referidas al cambio de tendencia en el consumo de los españoles, con un aumento en la compra de ropa, coches y en la firma de hipotecas. Desde el Gobierno se apela a la compra masiva de bienes como única solución a la crisis, con la complicidad de los medios de comunicación oficiales, en un intento de animar a la gente a que se lance a la calle a quemar las tarjetas de crédito. Se recuerda con nostalgia las cifras de consumo de la década pasada, cuando se alcanzaron más de un 1.300.000 créditos hipotecarios en 2006, en el momento álgido de la burbuja inmobiliaria, mientras se lamentan de que las cifras de 2014 apenas superen las 200.000 hipotecas. La patronal del sector textil Acotex anuncia a bombo y platillo que las ventas han aumentado en un 4% en 2014, al tiempo que se espera que en España se vendan más de un millón de automóviles en 2015. La patronal de la construcción da por finiquitada la crisis por el repunte del sector del ladrillo, opinión compartida por el Banco de España, que pronostica la recuperación de ese sector en los próximos meses, al tiempo que se felicita por el aumento de los visados en obra nueva.
Pero ninguna de estas declaraciones de intenciones tiene en cuenta que nada será igual a la época de antes de la crisis, allá por 2005 y que, por tanto, no se pueden aplicar las mismas soluciones a los problemas que se han ido acentuando en esta década, aunque se quiera ignorar. Desde la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto en 2005, las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) no han hecho más que aumentar (las emisiones de GEI han aumentado en un 45% desde 1990), la presión sobre los ecosistemas se hace intolerable, merced a la especulación sobre el territorio que ha sido moneda corriente en estos años, con la multiplicación de infraestructuras (autopistas, vías del AVE, aeropuertos) y urbanizaciones, sobre todo en la costa.
Las presiones de los lobbies en España (de la energía, del automóvil, de las empresas del IBEX-35) sobre los gobiernos, sumado a las de las instituciones financieras internacionales (BCE, FMI, Comisión Europea) impiden que se de una auténtica Transición Ecológica de la Economía, transformando y adaptando el modelo productivo a los retos del siglo XXI, el primero de los cuales es el cambio climático. Ese cambio pasa por la promoción de los llamados empleos verdes, que pueden crear hasta 20 millones de puestos de trabajo de calidad y sostenibles en Europa, dos millones de ellos en España, en sectores como las energías renovables, el agua, el control de la contaminación, el tratamiento de residuos, la agricultura ecológica, la gestión de espacios naturales, los servicios ambientales a las empresas o la educación ambiental, por citar unos cuantos.
Sin embargo, se continúa basando la supuesta recuperación en un modelo obsoleto, con puestos de trabajo de baja cualificación, temporales y precarios, al tiempo que se insta a la sociedad a “consumir hasta morir”, parafraseando el título del conocido documental, como única salida a la crisis. Se sigue con una visión miope y cortoplacista, sin previsión de futuro, un futuro que no pinta muy bien si no se varía el rumbo.

Artículo aparecido ayer en La Crónica del Pajarito:

http://www.lacronicadelpajarito.es/blog/federicogcharton/2015/05/consume-hasta-morir


miércoles, 28 de enero de 2015

¿VALLAS PUBLICITARIAS? NO, GRACIAS


Haga un experimento. Transite por cualquier avenida de entrada o salida a una población de nuestra región, o fíjese en los aledaños de cualquiera de las numerosas rotondas decoradas (por decir algo) con extrañas (y normalmente horribles) figuras de hierro y acero que pueblan nuestras ciudades.¿Qué ve? Decenas de paneles publicitarios, en varias alturas, invaden nuestro campo de visión, informándonos de todo tipo de negocios y productos, normalmente de ámbito local, sin que podamos sustraernos a su presencia. En algunos casos, como en las cercanías de la ciudad de Murcia, estos paneles impiden ver la huerta (o lo que queda de ella), el ecosistema humanizado más amenazado de nuestra región, engullido por dúplex y enormes avenidas con tres carriles por sentido.
Esas vallas publicitarias, junto con las decenas de marquesinas y mupis esparcidos por el casco urbano de las ciudades, marcan nuestros hábitos de consumo, incitándonos a comprar en unos comercios en detrimento de otros, a ver unas películas y no otras, sin que tengamos la opción de evadirnos ni de obviar su mensaje. ¿Es eso a lo que aspiramos como consumidores conscientes? Si queremos realizar un verdadero cambio de modelo de consumo, para que sea más responsable y atienda las necesidades reales y no las inducidas por la publicidad, debemos empezar por acometer cambios en estos aspectos.
Esto lo han entendido muy bien en Grenoble, ciudad francesa de 160.000 habitantes (con un área metropolitana de 670.000 personas) al pie de los Alpes y gobernada por un alcalde verde, Eric Piolle, desde abril de 2014. Pues bien, el consistorio ha decidido eliminar todas las vallas publicitarias y mupis, en total 326 paneles y más de 2.000 metros cuadrados de publicidad, atendiendo a razones de tipo tanto ético como estético: "Constatamos que lo que está visible en nuestras calles es una información que no sirve a nuestros ciudadanos: perfumes, coches, cosas que no tienen nada que ver con lo que se hace en nuestra ciudad, que no benefician a nuestro comercio y que, además, agreden, especialmente a los más jóvenes y los niños que carecen de la distancia o madurez necesaria para desmarcarse de esas imágenes publicitarias que, por lo demás, reflejan un modelo de sociedad catastrófico", explica Lucille Lhereux, responsable de espacios públicos de la ciudad. “Hay más sensibilidad hacia la estética de los lugares y cada vez más se la quiere preservar", afirma.
Los detractores de esta medida aducen la pérdida de ingresos que supone la retirada de las vallas publicitarias, pero ante ese argumento se les dice que la situación de déficit es más debida a una deficiente financiación de los ayuntamientos. También se podría argumentar que en la época de crisis galopante como la que atravesamos, la cuestión de las vallas publicitarias es algo secundario, debiendo dedicar los esfuerzos a atender a los más afectados. Pero uno de los pasos a dar para cambiar este modelo de consumo galopante, origen de desigualdades y agravante de los problemas ambientales, primer estadio para cambiar este sistema basado en el axioma “comprar-tirar-comprar”, es modificar nuestra relación con la publicidad, potenciando el comercio de cercanía y los productos locales. al tiempo que recuperamos el espacio y el paisaje para la ciudadanía.

Publicado hoy en La Crónica del Pajarito:

http://www.lacronicadelpajarito.es/blog/federicogcharton/2015/01/vallas-publicitarias-no-gracias


lunes, 12 de enero de 2015

¿RECUPERACIÓN?


El triunfalismo con el que tanto el gobierno central como el regional intentan regalarnos los oídos en este comienzo de 2015 no es sino el intento de hacer que los vientos soplen a su favor en este año doblemente electoral. Aunque es cierto que las cifras de desempleo en España han descendido en unas 250.000 personas con respecto a hace un año, aún hay casi 4 millones y medio de demandantes registrados de empleo, de los cuales casi 3 millones no cobran ningún tipo de prestación.
Desde el comienzo de la crisis, más de 300.000 jóvenes han tenido que salir a buscarse la vida al extranjero, muchos de ellos con formación universitaria, y la precariedad es la tónica general en los contratos, favorecida por la reforma laboral perpetrada por el gobierno con la complicidad de la patronal. Actualmente, encontrar trabajo no es sinónimo de salir de la situación de pobreza, ya que más del 12 % de los salarios en España son iguales o inferiores al salario mínimo. Todo esto hace que casi la tercera parte de los españoles esté en riesgo de exclusión social, entre ellos 800.000 niños más que al comienzo de la crisis, según el último informe de UNICEF.
En la Región de Murcia, el descenso del paro es testimonial, ya que sólo ha sido de unas 8.000 personas, de un total de 150.000 demandantes de empleo a comienzos de 2014. Más de la mitad de los desempleados de la región están sin cobertura. Casi todos los empleos se han generado en el sector servicios, mientras que la industria y la agricultura, que son los que crean valor añadido, han sido sectores donde ha aumentado el paro, según el Ministerio de Empleo. La duración media de los contratos en la Región de Murcia es de 54 días, mientras que la cuarta parte de los contratos en 2014 han sido de menos de una semana. Así que cuando la ministra Báñez anuncia a bombo y platillo que las cifras «certifican que la recuperación en España se ha producido», no podemos más que comprobar cómo se nos intenta vender la moto.
¿Y cómo se nos dice que deberemos salir de la crisis? Reduciendo impuestos para incentivar el consumo, aumentando así el PIB, en una espiral que tiene dos consecuencias: por un lado se disminuyen los ingresos del estado y por otro volvemos a generar las condiciones que trajeron la situación actual, es decir, sobre-endeudamiento de las familias y aumento tanto de las desigualdades sociales como de los impactos sobre el medio ambiente. Eso sí, nada de tocar a las grandes fortunas y a las grandes empresas.
En vez de replantearse las cosas para iniciar un modelo productivo diferente, con el fomento de sectores sostenibles ambientalmente y de la responsabilidad social de las empresas, así como de un tipo de consumo responsable, se apuesta por las mismas recetas que nos han traído hasta aquí, repitiendo los errores del pasado. La tan cacareada recuperación económica puede ser un espejismo si no se da un giro copernicano al modelo productivo, pero mucho me temo que no es lo que buscan los gobiernos central y autonómico, porque no beneficiaría a la mayoría sino a unos pocos, como hasta ahora.
Artículo aparecido hoy en La Crónica de El Pajarito:

lunes, 11 de agosto de 2014

¿QUÉ SIGNIFICA CRISIS ECOLÓGICA?

Todos estamos de acuerdo en que atravesamos un periodo de crisis con múltiples facetas. Crisis económica, provocada por la avaricia del sector bancario en la época de bonanza, durante la que se priorizaron las operaciones especulativas por encima de las que se refieren a la economía real, y se creó y se alimentó la burbuja inmobiliaria hasta que ésta estalló, salpicando a todos. Crisis social, corolario de la crisis económica, al empujar a millones de personas a un estado de exclusión y pobreza, por los miles de desahucios, las bajadas de salarios y la eliminación de un plumazo de los derechos sociales que tantos años y esfuerzos costaron conquistar. Crisis política, al estar asistiendo a los niveles más bajos de democracia desde hace décadas, con partidos mayoritarios que se alternan en el poder, representando sobre todo a los poderes económicos, partidos involucrados en multitud de casos de corrupción, donde hasta las más altas instancias del Estado están inmersas en el robo de dinero público, en el pago de prebendas a cambio de contratos públicos y en la extorsión mafiosa a empresarios, con los casos Urdangarín, Gürtel y Pujol como máximos exponentes.

Pero pocos son los que hablan de otra crisis que es, a mi juicio, "la madre de todas las crisis", porque puede ser fatal para la propia supervivencia de la especie humana en un plazo más corto del que nos pensamos. Me refiero a la crisis ecológica. ¿Cuáles son los efectos esta crisis? Básicamente, el aumento exponencial de las emisiones de gases de efecto invernadero, que provoca el calentamiento global y acelera el cambio climático; la pérdida de biodiversidad, con la desaparición de especies animales y vegetales, algunas de las cuales nunca llegaremos a conocer; el agotamiento de los combustibles fósiles y nucleares; la pérdida de soberanía alimentaria, sobre todo en los países del sur, que pierden la capacidad de decidir qué cultivan y de controlar el destino de sus tierras.

No es casualidad que el comienzo de la crisis ecológica haya coincidido con la primera crisis del petróleo, en 1973. Esa fecha es cuando EE.UU. alcanzó su techo del petróleo (peak oil), pasando a una fase en la que el crudo es más escaso, más caro y de peor calidad, y cuando los demás países productores de petróleo tomaron el control de la situación manipulando el precio del crudo a su antojo. Hasta entonces, y desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (los llamados Treinta Gloriosos), el crecimiento de las sociedades occidentales se había basado en un petróleo barato y en las centrales nucleares, con el uso de combustibles que se creían inagotables. Eso había permitido el llamado Estado del Bienestar, la protección social de la ciudadanía por parte del Estado. Pero a partir de 1973, las cosas cambiaron, y la conciencia de la escasez de recursos dio vía libre a las tesis neoliberales de la escuela de Chicago, primero como un experimento aplicado en la dictadura de Pinochet (1973-1990) y luego en las principales democracias occidentales, en el Reino Unido de Thatcher (1979-1990) y en los EE.UU. de Reagan (1980-1988), para extenderse al resto del mundo, sobre todo a partir de la caída del comunismo en 1989. La década de los '70 es la también fecha de la aparición de los grupos y partidos verdes en Europa y EE.UU., que proponían alternativas al sistema imperante.

Los poderes económicos vieron peligrar su capacidad de crecimiento (es decir, de acaparamiento de recursos), y promovieron a gobiernos que defendieran sus intereses y que permitieran el debilitamiento de las condiciones laborales de los trabajadores. Al mismo tiempo, en la década de los noventa se inicia el fenómeno de la globalización, la interconexión de mercados y la libre circulación de capitales a nivel mundial, con la proliferación de paraísos fiscales para que las grandes compañías eludieran el pago de impuestos en sus respectivos países. La globalización se asocia a la deslocalización, es decir, al traslado de las empresas a países en vías de desarrollo, donde las condiciones laborales son mucho más frágiles, circunstancia que permite rebajar el precio de los productos, aumentando así los beneficios. La globalización se aceleró con el desarrollo de las Nuevas Teconologías e Internet, que permite el trasvase de fondos de un país a otro con sólo pulsar una tecla del ordenador. La huida hacia adelante de Occidente les empuja a la búsqueda desesperada de combustibles fósiles a través de procedimientos como el fracking o la implantación casi forzosa de cultivos transgénicos.  

Pero la maquinaria capitalista necesita dar salida a los productos fabricados en este mercado global, a los que se programa una obsolescencia con fecha de caducidad, y sólo puede funcionar si se estimula el consumo. Apoyado por la publicidad, desde los propios gobiernos se fomenta que los ciudadanos consuman cada vez más, acelerando el agotamiento de recursos (tanto de materias primas como de fuentes de energía). La combinación de una exigencia de consumo por parte de las corporaciones y los gobiernos, con el emprobrecimiento generalizado nos lleva a un callejón sin salida, cuyos máximos damnificados son los países del sur y las capas más vulnerables de las sociedades occidentales.

Muchos de los conflictos armados que se han desarrollado desde la década de los noventa tienen raíces ecológicas; ya no son por conquistas de territorio, sino por el control de las fuentes de energía, para atender las demandas energéticas de las grandes potencias. La Primera Guerra del Golfo, la guerra ruso-chechena, las guerras en los países africanos (Congo, Sierra Leona...) o, más recientemente, las guerras de Irak, Libia, Siria, Ucrania o los actuales bombardeos de Gaza por parte de Israel, tienen como objetivo controlar yacimientos de gas y petróleo o el paso de esos combustibles por los países en conflicto. 

A esta carrera desenfrenada por obtener recursos materiales y energéticos se han sumado últimamente los llamados países emergentes (Brasil, China, Rusia, India, Sudáfrica, etc.), que aspiran a emular a los países occidentales en los niveles de consumo. Juntas, las poblaciones de esos países superan los 3.000 millones de personas, por lo que la presión sobre los ecosistemas se multiplicará en los próximos años. Incluso esos países han creado un banco alternativo al Banco Mundial y al FMI para estimular su crecimiento. Para satisfacer las necesidades de sus habitantes, los países emergentes no dudan en invadir territorios vírgenes como la Amazonía, aumentar la quema de combustibles fósiles, adquirir tierras en continentes como África para cultivar sus propios productos, contaminar ríos y lagos y repetir los pasos dados por los países occidentales, agravando la situación ambiental del planeta.

La crisis ecológica es, como hemos visto, la raíz de todas las demás crisis, que son la punta del iceberg del desmoronamiento del sistema actual. Solucionar esta crisis ecológica debe ser la tarea primordial de cualquier gobierno, atendiendo al bien común (de las poblaciones locales pero también de los países del sur) antes que los intereses de las grandes compañías, todo ello desde un control realmente democrático desde la ciudadanía. Esta solución pasa por la sustitución de los combustibles fósiles por las fuentes renovables de energía (sol, viento), relocalizar la economía, cambiar los hábitos hacia un consumo responsable, sustituir la economía especulativa por una economía real y sostenible y, en definitiva, permitir una relación Ser Humano-Naturaleza que no sea de dominación, sino de co-habitación. Es la única alternativa posible si queremos tener un futuro pacífico en el que estén atendidas nuestras necesidades sin poner en peligro nuestra supervivencia.



miércoles, 19 de marzo de 2014

EL GOBIERNO FRENTE A LAS NUEVAS ALTERNATIVAS ECONÓMICAS


En época de crisis, la imaginación se pone en marcha para obtener mayores ventajas con menos medios. Pero el gobierno de Rajoy se ha propuesto cortar las alas a todas aquellas iniciativas que pretenden facilitar la vida a inversores y consumidores y que, según ellos, traicionan el método tradicional de financiación y consumo de bienes y servicios.

Hace ya algunos años se puso en marcha un método de financiación de proyectos, el crowdfunding, término inglés para denominar lo que se llamaría en español micromecenazgo, consistente en la aportación por parte de un gran número de personas de pequeñas cantidades de dinero a cambio de algunos privilegios, como la devolución de la cantidad prestada más un pequeño interés (modalidad de préstamo) o contraprestaciones tangibles (discos, camisetas, etc.) o intangibles, como la aparición del nombre del donante en los créditos del proyecto, acceso a contenidos exclusivos, etc. (modalidad de recompensas); una tercera modalidad consiste en que las aportaciones de l@s donantes se incorporan al capital de la empresa, por lo que también participan de los riesgos, además de los beneficios de la empresa (equity crowdfunding en su nomenclatura en inglés). Este sistema tiene su antecedente en las obras públicas realizadas por suscripción popular, pero su uso como método de financiación empresarial se inició con proyectos musicales hace unos 20 años, en la grabación y edición de discos. Poco a poco se ha ido extendiendo a todo tipo de proyectos empresariales e incluso a asuntos como la restauración de símbolos religiosos. Nada impediría que donantes generosos hicieran aportaciones cuantiosas a determinadas iniciativas. Sin embargo, el anteproyecto de ley que acaba de sacar el gobierno pone límites a esas financiaciones, tanto en la cuantía total anual que una sola persona puede aportar (6.000 euros), como a la cantidad destinada a un solo proyecto por cada donante (3.000 euros). Con esta legislación, muchas iniciativas serían inviables por este método, pues la financiación necesaria obligaría a la participación de cientos de microinversores, dificultando su puesta en marcha.

También ha surgido en tiempos recientes el llamado consumo colaborativo, modalidad aparecida en el siglo XXI, por la que los bienes privados se ponen a disposición de la comunidad, a cambio de una precio determinado (o de un tiempo pactado, los llamados bancos de tiempo), que conlleva toda una serie de ventajas, como ser más ecológico, ya que se basa en reducir, reciclar, reutilizar, reparar y redistribuir los bienes, compartiéndolos; permite un mayor ahorro entre l@s consumidores/as y es una modalidad más social, ya que prima la consecución del bien común frente a la búsqueda de beneficios, aunque no está vedado este último objetivo. Nuevos modelos de negocio como el carpooling (compartir coche para optimizar su uso y que éste siempre viaje lleno), carsharing (un/a usuari@ alquila su coche por cortos periodos de tiempo), el coworking (uso compartido de los espacios de trabajo) o el coachsurfing (empresa que permite compartir alojamiento a través de las redes sociales y que ha dado nombre a esta modalidad de "intercambio de hospitalidad") están revolucionando el panorama en esta época de crisis.

Las últimas decisiones del gobierno español encaminadas a regular estas nuevas modalidades de consumo y financiación ponen en evidencia, en mi opinión, que lo que pretenden en realidad es que los viejos modelos sigan dominando el sistema económico, haciendo que los bancos sean los únicos que puedan controlar el flujo de capitales a las empresas (aunque el grifo de la financiación por parte de los bancos sigue estando cerrado, a pesar de haber recibido más de 40.000 millones de euros en ayudas públicas), y que las "niñas bonitas" del empresariado español sigan siendo la industria automovilística, que ha recibido más de 7.000 millones de euros en la última década por parte del estado, y la industria turística tradicional. La aparición de estas nuevas alternativas amenaza a las anquilosadas estructuras de los sectores citados. Ha sido noticia estos días cómo la patronal del transporte público Fenebús ha denunciado a una web de viajes compartidos por considerarla "ilegal". Siendo importante potenciar el transporte público para reducir el número de vehículos en las carreteras y disminuir las emisiones de CO2, también este modo de viajar compartiendo vehículo y gastos contribuyen a ese mismo fin.

La tendencia de los gobiernos a controlar y sobre-regular las nuevas modalidades económicas demuestra no sólo su falta de reflejos, sino también que la sociedad va por delante de los poderes públicos, creando imaginativas alternativas a las actividades tradicionales (ya sea con ánimo de lucro o no) que facilitan el ahorro a los consumidores y contribuyen a adquirir un modo de vida más sostenible.


jueves, 19 de diciembre de 2013

SEGUIMOS INDIGNADOS

En este final de año se acumulan las razones para elevar la indignación a la máxima potencia. Acabamos de saber que la última subasta eléctrica ha provocado que el coste de la electricidad para las familias y las empresas va a subir un 11% a partir del próximo enero, el mayor aumento experimentado en la historia reciente de España, a pesar de que el ministro Soria afirmara a la prensa hace unos días, bajo la mirada adornada de una sonrisa condescendiente del presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, que no subiría más allá del 2%. Paralelamente a esta noticia, nos enteramos que el 33% de las personas mayores pasa el invierno sin calefacción, que el 51% de ese colectivo vive en el umbral de la pobreza y que el 12,7% no llega a fin de mes, poniéndose de relieve la pobreza energética, una nueva forma de precariedad que se suma a las ya existentes.

El gobierno y las compañías eléctricas se han aliado para llevar a las población española a los mayores índices de pobreza que conocemos desde la posguerra, mientras las grandes empresas y los bancos continúan aumentando sus beneficios. En relación a esto, hoy leemos en la prensa que la banca española ha ganado un 98% más en los nueve primeros meses del año, con respecto al mismo periodo de 2012. Todo ello mientras el banco Novacaixagalicia es comprado por el banco venezolano Banesco por 1.000 millones de euros, tras haberle sido inyectados 9.000 millones por parte del Estado, suponiendo unas pérdidas, por tanto, de 8.000 millones para nuestros bolsillos. Como negociantes, el gobierno ha demostrado ser un auténtico desastre.

A nivel regional, la cosa no es mucho más halagüeña. Cinco días después del acto-paripé organizado por el PP murciano a mayor gloria del ínclito Valcárcel, como despedida para "celebrar" su gestión de 18 años, con la presencia de Rajoy y tras el que fueron detenidos dos manifestantes por el solo hecho de mostrarse en contra del citado acto, nos desayunamos hoy con la noticia de que la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia cargará con un préstamo de 182 millones de euros para hacer frente a la deuda contraída por las empresas concesionarias del fallido aeropuerto de Corvera, préstamo que aumentará el déficit de las ya mermadas cuentas autonómicas. 

El triunfalismo de los gobiernos del PP, tanto central como autonómico, anunciando el final de la crisis (sic) no pueden borrar de un plumazo, aunque se repita hasta la saciedad, la situación real de la ciudadanía. Un informe de Cáritas en la región de Murcia pone de manifiesto que 114.000 personas sin recursos han hecho uso de sus servicios, calificando de "espeluznante" la cifra de murcianos atendidos.

Mientras las condiciones de vida de los españoles van en declive, las grandes empresas del IBEX 35 aumentan sus beneficios, a costa en gran medida de las condiciones cada vez más duras para los trabajadores y trabajadoras, condiciones que la OCDE pide sean aún más exigentes, con el abaratamiento de los despidos y la disminución de la capacidad de los jueces de rechazar los EREs. Con este gobierno vamos abocados al empobrecimiento mayoritario de la sociedad, puestos a merced de los poderes económicos quienes, para seguir con su posición dominante, no dudan en poner más difícil la vida a los sectores más vulnerables de la ciudadanía, extendiendo la precariedad y la pobreza. Con el agravante de la reciente Ley de Seguridad Ciudadanía en la que, entre las medidas que contempla, se incluyen artículos que pretenden amordazar la protesta ciudadana, sancionando supuestos como las reuniones y concentraciones no comunicadas, ofensas y ultrajes a España (que rezuma un poso franquista), escalar edificios (en clara alusión a los actos de Greenpeace, tras su acto de Madrid) o la colocación de tiendas de campaña en la vía pública, para evitar un nuevo 15-M.

Esperemos que los votantes del Partido Popular se percaten en masa de que este partido no trabaja por el interés general, sino por y para la oligocracia económica, bancos, compañías eléctricas, con el objetivo de que éstos consigan mejorar sus cifras de negocios, aunque sea a costa de pisotear los derechos que tantos años ha costado alcanzar.




jueves, 12 de diciembre de 2013

¿CONSUMISMO FRENTE A LA CRISIS?



El pasado día 29 de noviembre se celebró el llamado Black Friday, el pistoletazo de salida de las rebajas en EEUU, evento que ya se está introduciendo en nuestro país. Desde los gobiernos y los medios de comunicación se nos dice que "el consumo favorece la creación de empleo", pero esta máxima es, en mi opinión, algo perversa, al lanzar a la vorágine consumista a una sociedad en crisis, en la que muchos ciudadanos tienen dificultades para llegar a fin de mes, creándose una sensación de frustración en las millones de familias que carecen de empleo, al sentirse excluidos de este sistema. En estos años de supuesta bonanza, antes de esta crisis, la gente se endeudó hasta límites extremos, comprometiendo toda una vida para pagar el préstamo de primera vivienda, pasando incluso las deudas a sus descendientes, todo ello alentado por los gobiernos de turno, con las consecuencias que todos conocemos una vez pinchada la burbuja inmobiliaria, cuya expresión más dramática son los cientos de desahucios que se producen a diario.


Un mayor consumo (o más bien consumismo, es decir, la tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios, a menudo alentada por los gobiernos), dispara un aspecto que no se tiene en cuenta, que es el aumento de nuestra huella ecológica. Ya se ha dicho multitud de veces que si todos los habitantes de la Tierra mantuvieran el nivel de vida de los españoles, harían falta tres planetas para atender nuestras necesidades y eliminar nuestros residuos. Debemos ser conscientes de que este modelo productivo esquilma los recursos naturales y agota las fuentes de energía no renovables, obligando a una huida hacia adelante con la búsqueda desesperada de combustibles fósiles (utilizando métodos como el fracking), con el peligro para el medio ambiente y, por tanto, para la especie humana, que ello conlleva, mientras se está dificultando el desarrollo de las fuentes de energía renovables.


Este aumento del consumo de energía y recursos se verifica también en las calles de nuestras ciudades, con la instalación de la iluminación navideña, cuyo principal objetivo es, además de engalanar la vía pública, el de incitar al consumo en estas fechas. España gasta tres veces más en alumbrado público por habitante que Alemania, algo totalmente insostenible.


No es posible seguir con este modelo de producción-consumo, porque es insolidario con los demás países del Sur y con las generaciones futuras. Se hace necesaria una reducción del consumo irracional y una redistribución equitativa de la riqueza hacia las personas desfavorecidas. Insistir desde los gobiernos en los mismos procedimientos de siempre, en la ecuación “consumo igual a crecimiento y empleo” es ahondar en las diferencias entre ricos y pobres, y significa aumentar aún más la presión sobre el medio ambiente. Es hora de replantearnos nuestra función como consumidores y no contribuir más a este perverso sistema.


Artículo publicado en El Pajarito de hoy: