miércoles, 1 de abril de 2020

ALGUNAS REFLEXIONES DURANTE LA CRISIS SANITARIA

Foto EFE
Ya llevamos dos semanas de confinamiento, en las que solamente nos relacionamos con los demás a través de redes sociales y videollamadas, por aquello de vernos las caras, y en las escasas ocasiones en las que salimos a la calle a hacer las compras imprescindibles, salvo las personas que tienen perro, que pueden salir tres veces al día (afortunados ellos). En estos días estamos siendo testigos tanto de lo mejor como de lo peor de la especie humana. 
Entre lo mejor está, por supuesto, la profesionalidad del colectivo sanitario quienes, a riesgo de su propia vida, luchan día a día contra esta epidemia, además de las fuerzas de seguridad del estado que velan por el estricto cumplimiento de las normas establecidas por la situación de alarma, el colectivo docente que trabaja diariamente para que los millones de alumnas y alumnos de todos los niveles educativos no pierdan el curso y los millones de trabajadores que acuden a sus puestos de trabajo para que el país conserve algo de actividad y no se paralice del todo.

Desgraciadamente, esta crisis sanitaria también ha puesto en evidencia los aspectos negativos del ser humano que, si bien es cierto que están presentes en condiciones normales, con esta situación se ha amplificado y se han multiplicado por varios enteros. En primer lugar vemos la estupidez de algunos gobiernos, especialmente los de Gran Bretaña y EE.UU., que pensaron que esto no iba con ellos, que se librarían de la pandemia, pero la realidad les ha alcanzado, y el gigante norteamericano es ya el país con el mayor número de contagiados, unos 140.000, la mitad de los cuales se encuentran en la ciudad de Nueva York. 

A nivel europeo, se está demostrando que la UE no está a la altura, una vez más. Cuando la crisis de 2008, Alemania ya se negó a emitir bonos europeos para afrontarla de un modo conjunto, dejando que España, Grecia y Portugal se hundieran. Ahora se repite la historia, y Alemania, Holanda y Austria, que consideran los "coronabonos" poco "morales" y sólo piensan en posibles préstamos con condiciones de rescate, no están dispuestos a que Europa salga del problema como un todo. Esto da pocas esperanzas de crear una verdadera Unión Europea, sino que seguimos siendo un continente de países insolidarios entre sí. Europa es un monstruo hiperinflado de burocracia e instituciones anquilosadas que, a la hora de la verdad, no da respuesta a los problemas reales (inmigración, pandemia, medio ambiente).

A nivel local, aunque es cierto que en España también nos ha pillado por sorpresa, esta epidemia ha hecho resurgir las carencias de un sistema de salud que, a pesar de contar con excelentes profesionales, ha sido sistemáticamente recortado en los últimos años, especialmente desde la crisis del 2008, con la disminución del número de médicos, enfermeras y enfermeros, auxiliares y material sanitario que ahora necesitamos, pero que en épocas normales nos hacia repetir el mantra de tener “la mejor sanidad del mundo”. Entre la clase política, esta circunstancia ha evidenciado la inutilidad de algunas voces, sobre todo entre la oposición, más preocupados en sacar rédito político a la situación que en aportar soluciones, más ocupados en seguir una pose, escondidos tras las banderas y el patriotismo de salón, en lugar de poner a disposición del gobierno el capital humano, que seguro que tienen, para colaborar en la búsqueda de medidas efectivas.

Otro aspecto que nos debe hacer reflexionar es la relación entre los lugares en los cuales se ha desarrollado de forma exponencial la pandemia y los niveles de contaminación. Un estudio de la Sociedad Italiana de Medicina Ambiental (SIMA), en colaboración con las Universidades de Bari y Bolonia, relaciona los casos de contagio por el Covid-19 y la concentración de partículas finas PM10 (partículas sólidas o líquidas de polvo, cenizas, hollín, partículas metálicas, cemento o polen) dispersas en la atmósfera en las provincias italianas. Pues bien, se ha observado en las ciudades más contaminadas, como Brescia, una “aceleración anormal” de la expansión de la epidemia. Si esto se extrapola a los países más afectados, Europa Occidental, EE.UU., China, Japón, Australia, Indonesia, con la anomalía de Irán, como más afectados, seguidos por los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, Canadá y Sudáfrica), países con economías emergentes, además de Argentina, no es difícil establecer esta relación directa.

El sistema económico en el que nos movemos, en el que se han creado dependencias entre los países del llamado “primer mundo” y países, sobre todo, del este asiático, en un momento como el actual, ha mostrado su imperfección. Además de la contaminación y el incremento de las emisiones de GEI, la deslocalización de la producción, motivada por la búsqueda de beneficios a corto plazo, y el comercio de larga distancia hacen que, en situaciones de crisis, se corte la distribución, paralizándose la producción de bienes a nivel planetario.

Todos estos aspectos nos debe hacer reflexionar sobre nuestro sistema, en el que se hace necesario un replanteamiento global, revisando desde los mecanismos de solidaridad y las relaciones internacionales hasta los modos de producción. Ahora vemos que está en juego nuestra propia supervivencia.

Articulo aparecido en eldiario.es:



LA DISTOPIA HA LLEGADO

Foto EFE
En 1995, una película, no muy buena, la verdad, protagonizada por Dustin Hoffman y René Russo, “Estallido” es su título en español, planteaba una epidemia provocada por un virus que se extendía por todo EE.UU. (son cientos las cintas “made in Hollywood” en las que las desgracias se ceban en el país norteamericano, desde catástrofes climáticas, ataques alienígenas o enfermedades). En la ficción, el virus provenía de Africa y era transmitido por un mono, aunque con el error garrafal de situar a un mono americano en la selva africana, aunque eso no cambiaba demasiado el argumento, e infectaba en cuestión de días a millones de norteamericanos, hasta el punto de que el ejército debía tomar las riendas del asunto. 25 años después, esa distopía se ha cumplido, sustituyéndose al mono por un pangolín (supuesto origen del virus), a Africa por China, al virus de la influenza por el coronavirus y al lugar del contagio, EE.UU., por todo el planeta.
Esta pandemia, así definida por la OMS el pasado día 11 de marzo, está provocando la mayor respuesta global ante la infección de toda la historia por parte de los gobiernos, dándose la circunstancia de que este virus está afectando sobre todo a los países del hemisferio norte, alrededor del paralelo 40, donde aún es invierno, siendo anecdóticos los casos diagnosticados en Africa. En el momento de escribir este artículo, España ocupa el sexto puesto en cuanto al número de afectados, por detrás de China, Italia, Irán, Corea del Sur y EE.UU. (aunque esto puede variar día a día), casi todos en el top de niveles de renta per capita. 

Esta situación me mueve a plantear varias reflexiones. Por un lado, se desmonta la teoría que suele esgrimir la ultraderecha de que los países africanos, a través de la inmigración, son una fuente de enfermedades. El llamado “primer mundo” ha demostrado ser un vector de transmisión del virus, independientemente del nivel económico del que hacemos gala. Africa, incluso, tiene más experiencia que Europa o EE.UU. en tratar epidemias, tras las de ébola o del cólera sufridas recientemente. 

El pasado día 10, el secretario de la ONU, Antonio Guterres, en la presentación del balance oficial del clima en 2019, afirmó que "el coronavirus es una enfermedad que esperamos que sea temporal, con impactos temporales, pero el cambio climático ha estado allí por muchos años y se mantendrá por muchas décadas, y requiere de acción continua”. 

Por el hecho de que la crisis del Covid-19 tiene su principal repercusión en Europa, China, Irán y Corea del Sur, tendemos a olvidar que Africa y Sudamérica sufren diariamente de graves problemas de salud, muchos de ellos relacionados con el cambio climático. Enfermedades como el dengue afectaron el año pasado a casi 3 millones de personas en América del Sur, matando a 1.250 personas. En los tres meses de agosto a octubre, el 85% de los casos fueron reportados en Brasil, Filipinas, México, Nicaragua, Tailandia, Malasia y Colombia. A finales de 2019, se estima que aproximadamente 22,2 millones de personas en el Cuerno de África padecieron de un elevado nivel de carestía de alimentos. Otro tanto ocurre en América del Sur, donde cientos de miles de familias en Honduras, Guatemala y El Salvador se ven afectados por la falta de alimentos y agua potable debido a la perdida de cosechas. La ONU ha llegado a decir que “el cambio climático es más mortal que el coronavirus”. 

La parte positiva de esta crisis sanitaria (si es que se puede pensar esto) es que se está demostrando que, en situaciones límite, los gobiernos son capaces de habilitar medidas excepcionales que afectan al día a día, aplicando medidas como el teletrabajo, la enseñanza virtual a distancia y la limitación de desplazamientos, medidas que, en circunstancias normales, serían impensables de aplicar. Esto puede suponer un experimento para afrontar otras crisis, como la emergencia climática, situación en la que, a buen seguro, será necesario implementar medidas extraordinarias para evitar el colapso del sistema. El resultado de estas medidas nos puede dar pistas de si seremos capaces de enfrentarnos a nuevas realidades que estamos ya atravesando, aunque no ocurran en la puerta de nuestra casa.

Articulo aparecido en eldiario.es:



domingo, 23 de febrero de 2020

EMERGENCIA CLIMÁTICA

Todo indica que, de nuevo, se batirán récords de temperaturas en nuestro país en este mes de febrero. Se han alcanzado niveles por encima de los 20ºC en el norte de España, superándose los 30ºC en Valencia, todo ello después de que una borrasca cubriera de blanco buena parte de la península. Es decir, que se producen en muy poco tiempo situaciones climáticas extremas poco frecuentes para esta época del año. Se han batido seis récords mensuales de temperaturas máximas y 15 de mínimas, en algunos observatorios varias veces. El pasado 4 de febrero en Murcia se alcanzaron los 28’5ºC, cifra jamás alcanzada antes del día 25 del mes tras 36 años de registros ininterrumpidos.
Pero no sólo es nuestro país el lugar donde el clima se ha vuelto loco. Argentina está atravesando sucesivas olas de calor, tres en menos de dos meses, con los termómetros superando los 40ºC, con mínimas nocturnas que sobrepasan los 25ºC, estado en el que se hace imposible conciliar el sueño. Cerca de allí, en la Antártida, se ha alcanzado la cifra récord de 21ºC en este mes, cuando lo normal es que la temperatura ronde los 4ºC. Los especialistas en glaciares afirman que esta situación se daba una vez cada 1000 años, y han comprobado que se han perdido miles de toneladas de hielo al desgajarse glaciares y formarse icebergs flotantes, cuya fusión podría hacer elevarse el nivel del mar hasta tres metros, según los expertos. El aumento de la temperatura de la Antártida debería preocuparnos, y mucho, ya que se sabe que este continente actúa como un termostato que regula el clima del planeta, influyendo, por ejemplo, sobre la corriente oceánica que sube por las costas chilenas, afectando a la pluviosidad del continente americano.

Según la reaseguradora más grande del mundo, la alemana Munich Re, los costes económicos de las catástrofes ligadas al cambio climático ascendieron a 150.000 millones de euros en 2019, en una tendencia que será cada vez mayor en los años venideros, aunque el número de fallecidos ha descendido, siendo del orden de 10.000 el año pasado, muy lejos de los 317.000 muertos de 2010, los 235.000 de 2008, o los 240.000 de 2004.

Todos esto datos deberían hacernos saltar de nuestros asientos e impulsarnos a salir corriendo a manifestarnos por las calles, exigiendo a nuestros representantes políticos que actúen de forma urgente, tal y como está haciendo la juventud en muchos países espoleados por la figura de Greta Thunberg. Sin embargo, salvo cuando se organiza alguna acción puntual de forma simultánea en todo el planeta, lo cierto es que a las convocatorias, al menos en nuestra región, acude menos gente de la deseable, unas decenas de personas incombustibles, bajo la mirada condescendiente de la mayoría, que continúa con sus vidas como si no fuera con ellos.
Es verdad que la celebración de la COP25 (¿recuerdan la Cumbre del Clima del pasado mes de diciembre?) en Madrid, que cogió el testigo tras la renuncia de Chile de organizarla por la situación del país andino, tuvo su espacio diario en los telediarios, aunque se hablaba más del impacto económico de la cumbre en los negocios hoteleros de la capital que de las conclusiones, por otro lado decepcionantes para muchos, de la reunión. ¿Habría tenido la misma atención mediática por parte de los medios españoles si la COP se hubiera llevado a cabo a miles de kilómetros de aquí? Lo dudo.
Por otro lado, en el seno de las organizaciones políticas y sociales que tienen a la ecología como eje vertebrador, los partidos verdes y las asociaciones ecologistas, hay un debate amplio sobre el modo de comunicar el hecho de la crisis climática. Para un sector, se debe huir del lenguaje alarmista y deprimente de los efectos del cambio climático, ya que infunden miedo y angustia, provocando reacciones defensivas como negar la amenaza, trasladar la responsabilidad a otros y creer que esos efectos solamente afectarán a sitios lejanos y no a las puertas de casa. Otro sector, sin embargo, cree que hemos llegado a una situación limite en la que la propia supervivencia de nuestra especie está en entredicho. El ejemplo más claro de este enfoque es el mensaje lanzado por organizaciones como Fridays For Future, Extinction Rebellion o la propia Greta Thunberg de que "nuestra casa está ardiendo" y que, en esa situación, no valen paños calientes ni mensajes positivos, sino que hay agarrar a la gente por la solapa y hacerles despertar de su sueño cómodo de que todo sigue como siempre, y de que no podemos seguir creyendo en conceptos como crecimiento económico infinito o continuar cerrando los ojos a la realidad.
La mayoría de los estudios nos dan 10 años de plazo para cambiar radicalmente de modelo y para intentar, sólo intentar, revertir la situación. ¿Seguimos mandando mensajes positivos o ha llegado el momento de sacudir conciencias?
Articulo publicado en el diario.es: